Ruruka nace a partir de una necesidad urgente: ¿cómo aprovechar los residuos de grandes industrias para evitar que terminen en vertederos contaminando el ambiente? Carmen, que venía desarrollando soluciones tecnológicas en el marco del programa de innovación abierta 100+ Labs Paraguay, vio en los lodos residuales generados por fábricas cerveceras una materia prima inexplorada. Con este subproducto, junto a su equipo comenzaron a investigar formas de transformarlo en ladrillos ecológicos y otros insumos de construcción.
Esta idea, que parecería extravagante para algunos, fue validada científicamente a través de pruebas en el Instituto Nacional de Tecnología, Normalización y Metrología (INTN). Los productos demostraron no solo ser seguros y eficientes, sino también representar una solución sostenible frente a dos problemas comunes en Paraguay: la gestión de residuos y la escasez de materiales asequibles para la construcción.
Lo que hace inspiradora a la historia de Ruruka no es solamente su enfoque técnico o ecológico, sino el profundo compromiso humano y comunitario detrás de cada decisión. Desde el principio, Carmen entendió que la sostenibilidad no puede ser solo ambiental: tiene que ser también social y económica. Por eso, Ruruka incluye a artesanos locales en su cadena de valor, generando empleo digno y conectando a comunidades con el mercado de la construcción sostenible.
En el 2024, la empresa fue reconocida como una de las 100 startups más prometedoras del mundo, lo que le valió un lugar para representar a Paraguay en la prestigiosa Entrepreneurship World Cup, realizada en Arabia Saudita. Para un emprendimiento joven nacido en el sur de América Latina, llegar a una competencia mundial significó más que visibilidad: fue una validación del potencial que tiene la innovación local cuando se apuesta con visión y propósito.
“Soy extremadamente determinada y resiliente”, afirma Carmen Paredes en una entrevista publicada por News Express, donde relata los desafíos que enfrentó para sacar adelante la empresa. Las barreras fueron muchas: normativas que no contemplaban materiales alternativos, reticencias del mercado a adoptar productos nuevos, financiamiento limitado… pero también hubo aprendizajes y aliados. “Cada obstáculo fue una oportunidad de crecer. Aprendimos a movernos con más inteligencia, a documentar rigurosamente nuestras pruebas y a comunicar mejor el impacto que podemos generar”, señala Carmen.
Ruruka representa una nueva generación de emprendimientos paraguayos que miran más allá del lucro. Su nombre, que en guaraní significa “transformar” o “dar vuelta”, refleja la esencia misma del proyecto: convertir lo que otros descartan en algo valioso y útil. Con cada ladrillo producido, con cada tonelada de lodo reciclado, están demostrando que la economía circular no es una moda, sino un camino posible hacia un futuro más justo y habitable.
Pero el sueño no termina ahí. Ruruka planea expandirse a más industrias y desarrollar nuevas líneas de productos sustentables. También sueñan con crear centros comunitarios de producción en ciudades del interior, capacitando a jóvenes y mujeres para liderar sus propios procesos de reciclaje industrial. “Queremos democratizar el acceso a soluciones ecológicas y convertirnos en una referencia regional”, dice Carmen.
Lo que comenzó como un experimento hoy inspira a cientos de emprendedores que buscan combinar impacto, innovación y sostenibilidad. Porque si algo demuestra Ruruka, es que desde Paraguay también se puede liderar el cambio global.


