A las 6:00, un ruido frío cruza el aire de Pirapey. Alguien golpea un hierro semejante a un trozo de riel: la campana que despierta a la comunidad para enfrentar un nuevo día. En esa cadencia simple late una historia de cuarenta años. En la Colonia Pirapey, Itapúa, nació en 1985 el Centro Agroecológico del Centro de Educación, Capacitación y Tecnología Campesina (Cectec), una escuela mixta que decidió desafiar la inercia: formar jóvenes para transformar sus fincas y sus comunidades.
Andrés Wehrle recuerda el contexto: monocultivo del algodón, migración como espejismo, educación que no respondía al campo. “Vimos que la agricultura familiar no estaba generando el bienestar necesario”, resume. La respuesta fue audaz: un modelo de alternancia que combina teoría en la escuela y práctica en la finca, con visitas técnicas, diagnósticos participativos y proyectos reales. Quince o veintiún días en el centro y luego vuelta al hogar para aplicar y medir.
El Cectec comprendió temprano algo esencial: el conocimiento válido es el que arraiga. Además de técnicas y ciencia, el método parte de los saberes campesinos. No se trata de “traer soluciones” desde afuera, sino de construirlas juntos, de la mano de quienes sostienen la parcela. El objetivo era claro y sigue vigente en el 2025: impactar en la finca a través de los jóvenes, para que innovaciones de bajo costo queden en la unidad productiva y eleven ingreso, resiliencia y dignidad.
No fue fácil. Los primeros años transcurrieron sin recursos. Era una escuela privada, pensada para quienes habían interrumpido sus estudios por falta de dinero, distancia o responsabilidades en la casa. La alternancia alivió el gasto en viajes, la cooperación internacional permitió pagar salarios e insumos, y con el tiempo llegaron pequeños apoyos públicos. Municipios como Natalio y Alto Verá pusieron buses para garantizar la movilidad. Una decisión estratégica completó el círculo: no cobrar mensualidad.
Los resultados se notan en el terreno y en la conducta. Madres y padres describen a hijos más responsables, respetuosos y colaboradores. Se levantan temprano, ayudan, planifican, ejecutan. Hoy hay más conectividad, más opciones de estudio y dinamismo en los distritos. Ese mundo vertiginoso exige una educación integral que vuelva a nombrar lo esencial: ética, responsabilidad, honestidad, trabajo.
Wehrle no idealiza. Advierte que la formación es más compleja: sobreinformación, redes que confunden prioridades, oportunidades difusas. Pero también hay horizonte fértil: demanda de “profesionales medios” capaces de manejar invernaderos, producir hortalizas, cuidar planteles porcinos, trabajar en cooperativas y emprender sin abandonar la comunidad. La tecnología —incluida la inteligencia artificial— abre puertas cuando sirve a la finca, a la organización y al territorio.
La clave sigue siendo la misma: aprendizaje con sentido práctico, arraigo y comunidad. En el Cectec, cada plan de estudio termina en un proyecto de vida. Los chicos diseñan ensayos, prueban variedades, mejoran suelos, diversifican cultivos, calculan costos y dialogan con el mercado. Cuando un egresado migra, el conocimiento queda: la familia incorpora esa innovación, la parcela aprende, la comunidad se fortalece. Y si el joven permanece, puede estudiar en universidades cercanas sin romper el vínculo con la tierra.
Cuarenta años después, el golpe de la campana conserva su mensaje: levantarse temprano vale la pena cuando el día tiene propósito. La agroecología no es nostalgia, es eficiencia con cuidado de los recursos. La organización no es discurso, es logística, transporte, comercialización justa. La educación no es un papel, es carácter, hábitos y esperanza que camina y fe.
Por eso, el desafío del 2025 no es menor: degradación de suelos, precios inestables, tentación del monocultivo, pobreza rural. La respuesta del Cectec también evoluciona: más ciencia aplicada, más gestión de datos en la finca, más alianzas con municipios y cooperativas, más cultura y arte. Sembrar conocimiento, cultivar comunidad y cosechar futuro.
“Aprender en la escuela y en la finca”, repite Andrés. El sonido del riel golpeado vuelve a cruzar el aire: ningún día está perdido si una joven o un joven decide mejorar su parcela, cuidar su suelo y soñar en grande sin irse de su lugar. Ese es, al final, el fruto más noble de Pirapey: jóvenes que transforman la tierra… y la tierra que, agradecida, los transforma a ellos.


