La Tribuna que cambia el juego

Del laboratorio al hogar: la ciencia que perfuma Paraguay

Hay aromas que te devuelven a casa aunque aún estés en la calle. Un toque a vainilla que recuerda a meriendas con la abuela, una nota de jazmín que a…

| Por La Tribuna

Hay aromas que te devuelven a casa aunque aún estés en la calle. Un toque a vainilla que recuerda a meriendas con la abuela, una nota de jazmín que abre ventanas en verano, un cítrico limpio que anuncia orden y comienzo. Con esa sensibilidad —y con mucha ciencia— Antonela Giovine y su socia transformaron un laboratorio en la zona de la Terminal, sobre Teniente Segundo Solís, en el corazón de un emprendimiento que este noviembre cumple su primer año: Serevetra, una marca paraguaya de difusores con varillas, velas aromáticas y perfumantes para telas que nació para perfumar espacios y terminó contando historias.

La chispa surgió en conversaciones con colegas de Argentina que ya trabajaban en el rubro. “Nos dimos cuenta de que en Paraguay faltaba un poco de esto; no era algo muy usado”, recuerda Antonela. El mercado empezó a moverse y ellas se animaron a aportar algo propio: productos de calidad, desarrollados con método, capaces de llenar de fragancia una habitación sin invadirla y de permanecer estables y bonitos en el frasco. No se trataba de “mezclar y oler”: detrás hay química, paciencia y una obsesión por la mejora continua.

Serevetra empezó entre tres compañeras de la Facultad de Ciencias Químicas; hoy el equipo lo integran dos: Antonela y Marlene Lima. Además del emprendimiento aromático, ambas impulsan LG Consultora Industrial, dedicada a regencia y registros de establecimientos y productos sanitarios y alimenticios, junto con servicios de desarrollo de procesos y montaje de plantas. Ese mundo industrial —más técnico, más exigente en inversión— fue escuela y brújula: “Para nosotras, primero está la calidad”, repite Antonela. Y se nota.

Antes de vender la primera unidad invirtieron dos meses en un desarrollo intenso: probaron formulaciones, concentraciones, materias primas, densidades, distintos tipos de frascos y varillas. Llevaron un cuaderno de laboratorio riguroso, repartieron muestras, recogieron observaciones: “Se evapora muy rápido”, “tomó un color raro”, “se separaron las fases”. Cada comentario fue un mapa. Cambiaron solventes, ajustaron proporciones, estabilizaron colores, refinaron la liberación de la fragancia. La meta era clara: duración, proyección y estética. Una receta que no se encuentra en internet porque la escribieron a pulso entre pipetas, paciencia y oído atento a los clientes.

Ese cuidado también se ve en la personalización. Serevetra hace velitas para primeras comuniones, difusores para nacimientos y recuerdos de eventos con etiquetas y diseños pensados para cada familia. No es “pegar un logo”: es crear un objeto que, al encenderse o al volcar unas gotas sobre las varillas, active la memoria de un día feliz. Por eso, cuando una mamá les escribe meses después para pedir “el mismo aroma del bautismo”, sienten que lo que venden no es solo fragancia: es un pequeño ritual doméstico.

Sin tienda física —por ahora—, la producción sucede en el laboratorio y las ventas se mueven por delivery o retiro coordinado. El mostrador es digital: en Instagram, @serevetraaromatizantes, muestran opciones, responden consultas y aconsejan según ambientes y ritmos de cada casa; y en @LGConsultoraIndustrial comparten el costado técnico del trabajo. El boca a boca hizo el resto: en un año, muchas personas volvieron a comprar una y otra vez. Esa repetición es su termómetro favorito.

Detrás del emprendimiento hay también una decisión vital: habitar el cruce entre la ciencia y lo sensible. “Nos gusta la industria —la seguridad de procesos, la trazabilidad, los estándares—, pero queríamos algo que la gente pudiera llevarse a casa hoy”, explica Antonela. En un país donde tantas veces lo importado parece la única respuesta, ellas eligieron diseñar localmente, formular localmente y validar localmente. No competir por precio a cualquier costo, sino por confianza: que el difusor dure, que el perfume no canse, que la vela no ahume, que el frasco siga lindo en la repisa.

Tal vez por eso, cuando les piden un consejo para otros emprendedores, hablan de escuchar y anotar. Escuchar al cliente, sí; pero también escuchar al producto: cómo se comporta con el calor, con el aire acondicionado, con la humedad de Asunción. Y anotar todo. En ese cuaderno caben los errores —que no son fracasos, sino brújulas— y los aciertos que conviene repetir. La calidad no es un eslogan: es una práctica diaria.

El aroma, dicen, tiene una ventaja sobre otros lenguajes: conversa directo con la memoria. Un hogar que huele a limpio después de un día difícil, una pieza donde la lavanda baja el volumen de la noche, una sala que recibe a las visitas con un cítrico amable. Son detalles, sí, pero los detalles sostienen la vida cotidiana. Serevetra nació para atenderlos.

Al cumplir un año, Antonela mira hacia atrás y sonríe: no fue casualidad, fue método. Un laboratorio abierto, un mercado que crece, clientas que vuelven, familias que eligen “ese” perfume para marcar los hitos. Y hacia adelante, un deseo sencillo: que más casas en Paraguay encuentren su olor. Porque una fragancia puede ser un lujo; pero también puede ser —y ese es el sueño— una forma íntima y asequible de decir: bienvenido, este es tu lugar.

Foto 1: Antonella Giovine, propietaria de Serevetra.

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