La Tribuna que cambia el juego

Un taller que une reciclaje y futuro con sello comunitario

Moda, cultura y dignidad, en manos de mujeres indígenas. En el barrio Zárate Isla de Luque, una mujer decidió que la adversidad no sería un obstáculo…

| Por La Tribuna-

Moda, cultura y dignidad, en manos de mujeres indígenas. En el barrio Zárate Isla de Luque, una mujer decidió que la adversidad no sería un obstáculo, sino la chispa para encender un cambio. Su nombre es Giselle Grissetti (+595 971 850686) , emprendedora, mamá y soñadora, quien a través de la costura y la creatividad está transformando la vida de mujeres indígenas y familias en situación de vulnerabilidad.

Lo que comenzó como una idea sencilla –aprovechar ropa usada y retazos para darles nueva vida–, hoy se ha convertido en un movimiento de upcycling que une la moda con el compromiso social. El concepto no es nuevo en el mundo, pero en Paraguay adquiere un valor distinto: detrás de cada prenda hay manos indígenas que encontraron en la costura una oportunidad para recuperar su autoestima y mostrar al país que sí quieren y pueden trabajar.

“Todos en la zona somos recicladores”, explica Giselle. Botones, telas y accesorios llegan de donaciones o de compras mínimas en ferias, y se convierten en piezas únicas. Cada vestido, cada blusa o ajuar lleva el sello de quienes lo crean: una mezcla de diseño, historia y cultura ancestral.

Cultura y dignidad que se visten de moda

La discriminación ha marcado por años a las comunidades indígenas. Muchas veces reducidas al prejuicio de que “no quieren trabajar”, hoy esas voces encuentran una respuesta en cada costura terminada. “Ellos me demostraron fidelidad, ganas y talento. Cuando están en el taller se visten con orgullo de su cultura, con semillas y telas que los representan. Afuera sienten que deben disfrazarse para parecerse a nosotros”, relata Giselle con emoción.

Ese orgullo cultural también se expresa en la música, los instrumentos y las artes de las comunidades guaraníes, poco reconocidas en Paraguay a pesar de su riqueza. Para Giselle, visibilizar ese valor es parte del proyecto: rescatar tradiciones mientras se generan ingresos.

Un taller que también es refugio

Hoy el emprendimiento funciona como un pequeño taller donde trabajan de manera organizada. Una persona se dedica al moldeo y corte, otra a la costura, otra a la pintura y Giselle se encarga del diseño. Incluso cuentan con una niñera para que los más pequeños estén cerca y crezcan viendo a sus madres trabajar. “La cultura del trabajo entra por los ojos”, dice Giselle, convencida de que ese ejemplo será la mejor herencia para los niños.

Aunque muchas veces las mujeres son nómadas y deben viajar, siempre hay alguien que ocupa su lugar, gracias a la capacitación previa. Así, el taller se mantiene en marcha con disciplina y solidaridad.

De la calle a las ferias y las redes

La primera motivación llegó en la pandemia, cuando los indígenas caminaban casa por casa buscando sustento. Hoy, gracias al esfuerzo colectivo, las prendas se venden en ferias de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y cada vez más en redes sociales como TikTok, donde reciben pedidos del exterior. El temor inicial de no poder cumplir con los encargos quedó atrás: actualmente entran de dos a tres pedidos diarios, lo que asegura ingresos constantes y esperanza renovada.

Ahora se preparan para dar un salto mayor: abrir de forma activa sus páginas en Instagram y Facebook, con el objetivo de posicionar las prendas en el mercado local y no depender exclusivamente de los clientes internacionales.

Una mano amiga que multiplica oportunidades

El camino no ha sido sencillo. Giselle recuerda que ninguna guardería estatal ni privada quiso recibir a los niños de las artesanas, por lo que ella misma tuvo que organizar un espacio con una niñera para que las madres pudieran trabajar tranquilas. También enfrentaron la falta de máquinas y materiales, dependiendo de retazos que empresas solidarias donan. Aun así, la constancia y la fe les permiten seguir avanzando.

Su experiencia personal también la impulsó a involucrarse en la capacitación de prevención de adicciones, a través de un curso de la Senad. Ese aprendizaje le permitió abordar de forma adecuada la situación de algunas mujeres y ofrecerles un espacio sano donde recuperarse a través del trabajo.

Giselle no oculta que su motor principal es su hijo Ian, quien nació con parálisis cerebral infantil y baja visión. La lucha diaria por sus terapias la llevó a identificarse con la vulnerabilidad de las familias indígenas. De esa unión nació un círculo virtuoso: mientras ella buscaba recursos para salir adelante, encontró en las comunidades la fuerza para construir un emprendimiento con identidad y propósito.

Hoy, cuando mira las prendas terminadas, no solo ve moda: ve oportunidades, cultura, dignidad y esperanza. Cada costura lleva consigo un mensaje: que en Paraguay es posible cambiar realidades con creatividad, trabajo y solidaridad.

“Si tuviéramos aunque sea la mitad del amor con el que ellos trabajan, lograríamos mucho más”, dice Giselle. Y su historia es la prueba viva de que el amor, convertido en acción, puede transformar comunidades enteras.

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