Las reuniones de fin de año suelen pensarse como espacios de encuentro y celebración. Sin embargo, para muchas personas también se convierten en escenarios de incomodidad emocional, atravesados por preguntas personales, expectativas ajenas y la exigencia de mostrarse bien.
La psicóloga Manuela Zorraquín analizó por qué estas situaciones se repiten y cómo transitarlas sin romper el clima del encuentro.
La especialista señaló que las fiestas nacieron con un sentido simple: el de reencontrarse, compartir y sentirse parte de algo. Sin embargo, explicó que con frecuencia se transforman en instancias de evaluación personal, donde aparecen preguntas sobre trabajo, pareja, cuerpo, proyectos o duelos, que no siempre encuentran a las personas en un momento disponible para responder.
Zorraquín indicó que, en contextos familiares cercanos, preguntar suele ser una forma de vincularse. Aclaró que muchas veces no existe una intención de lastimar, sino de conectar desde el interés o la costumbre. Sin embargo, advirtió que frases aparentemente inocentes como “estás más flaca, ¿comés bien?” o “ya pasó un año, tendrías que estar mejor” pueden tocar temas sensibles relacionados con la salud, la imagen corporal o procesos de duelo que no se desean exponer en una mesa compartida.
La psicóloga remarcó que la intención no siempre coincide con el impacto. Señaló que preguntas como: “¿y para cuándo el bebé?” o “¿no pensaste en volver a intentarlo?” pueden ser formuladas desde el afecto, pero del otro lado pueden existir tratamientos médicos, pérdidas recientes o simplemente el deseo de no hablar del tema en ese momento. Subrayó que nada de eso obliga a la persona a dar explicaciones públicas sobre su vida.
En ese sentido, sostuvo que una pregunta deja de ser parte de la charla cuando no acepta cualquier respuesta. Explicó que si ante un “prefiero no hablar de eso” aparece la insistencia, el consejo o la corrección —como “tenés que ponerle onda” o “yo en tu lugar haría…”—, la conversación deja de ser un intercambio y se convierte en una opinión sobre la vida del otro.
Sobre cómo responder sin generar tensión, Zorraquín recomendó respuestas breves y generales, como “estamos viendo”, “este año fue movido” o “prefiero dejarlo para otro momento”. También señaló que poner límites no siempre implica confrontar, y que a veces se logra cambiando de lugar, saliendo un momento o retirándose antes, como una forma válida de regular la exposición emocional.
La profesional agregó que a estas situaciones se suma la presión social de “pasarla bien”, como si el cansancio, la tristeza o el duelo quedaran suspendidos por calendario. Señaló que no sentirse alegre no es un fracaso, sino parte de estar atravesando una experiencia humana, y que en muchos casos pasar las fiestas en paz es más saludable que forzarse a estar feliz.
Zorraquín dejó un mensaje para ambos lados de la mesa. Para quienes preguntan, recomendó comprender que el interés también puede expresarse respetando el silencio. Para quienes responden, recordó que no es necesario explicarlo todo. “Las fiestas deberían servir para celebrar la presencia, no para justificar procesos, y que cuando baja la exigencia, el reencuentro se vuelve más liviano, humano y fiel al verdadero sentido de estas fechas”, finalizó.


