Rodrigo Velázquez, el grabador que llevó el Chaco a París

Volver a casa también puede ser una obra. Rodrigo Velázquez lo sabe. “Soy cordillerano, de Piribebuy —Piri para los amigos—”, dice, con el mismo orgu…

| Por La Tribuna

Volver a casa también puede ser una obra. Rodrigo Velázquez lo sabe. “Soy cordillerano, de Piribebuy —Piri para los amigos—”, dice, con el mismo orgullo con el que cuenta que hace dos años regresó a sus raíces después de quince años viviendo entre Asunción y Areguá. En su taller, con el tereré siempre cerca, traza animales y paisajes que nacen del Chaco y se vuelven territorio íntimo. Y, sin embargo, la escena de su arte puede ser exactamente la contraria: una pared blanca en Alaska, nieve de fondo y una estampa paraguaya brillando a cuarenta grados bajo cero. “Es una locura”, se ríe. El contraste lo emociona: la misma obra que creó a cuarenta grados de calor ahora vive en el hielo.

Su lenguaje es el grabado. “Específicamente, soy grabador”, subraya, porque en esa técnica encontró una forma de respirar. “Lo que realmente me gusta es el proceso, la sorpresa”. Estudió artes visuales en el ISBA (Bellas Artes) y hace quince años eligió como territorio creativo el ecosistema: animales, monte, agua y viento; lo que llama “el imaginario del Chaco paraguayo”. De ahí salieron series que hoy se reconocen por su pulso y su cuidado: capas de tinta que no solo reproducen formas, sino que capturan tiempo.

El camino fue paso a paso. “Empecé feriando en Asunción; me invitaban, participé en concursos”. Llegaron las menciones, los segundos puestos, los primeros. En el 2017, una pieza —”Añasatí”— recibió el premio de Livio Abramo en la Embajada del Brasil. “Ahí me catapultó”, resume. Desde entonces trabaja con galerías y centros culturales, con exposiciones individuales que le dieron oficio y espesor. Su obra puede encontrarse en VGN Arte, en Galería Exaedro y en varios espacios donde el papel huele a tinta fresca. “Vengo viviendo del arte hace diez años: vendo, produzco, y también doy talleres de grabado”, cuenta. Le tocó viajar por el interior para enseñar una disciplina que pocos desarrollan y que a él le late como una misión.

Porque Rodrigo habla de misión. “Lo primero es valorar lo que uno hace. Darle el valor real a lo que implica ser artista, creativo”. Para él, ser artista es “crear cultura, educación” y dejar un rastro de lo que vivimos: “Estamos plasmando lo que pasa en el contexto cultural e histórico, desde el aquí y el ahora”. Por eso se forma, lee, experimenta, y, sobre todo, se profesionaliza. “Depende de uno hacer un trabajo de difusión a nivel profesional”, repite como un mantra que aprendió a fuerza de ensayo y error.

Las redes sociales fueron la puerta grande. “Siempre digo que les prendo velas”, bromea. Gracias a esa vitrina global —Instagram: @rodrigo.velasquez.arte; Facebook: Rodrigo Velazquez Arte— su obra viajó a Alemania, Estados Unidos, Polonia, Canadá, París. El año pasado envió una producción completa a una galería de la capital francesa: se vendieron todas las piezas. “Sigo mandando hasta ahora”, celebra. A veces llega una notificación y aparece la foto: la estampa colgada con nieve detrás. Es la prueba de que el mapa del grabado también se dibuja con cables de fibra óptica.

Volver a Piri, dice, no fue un golpe de timón sino un regreso que se fue armando solo. “Me acuerdo de esa noche: agarré mi mochilita y me fui a Asunción… y quince años después volví a mis raíces”. En el medio, amigos, maestras y maestros, galeristas, concursos, ferias, talleres. Aprender el lenguaje y también el mercado. “Gracias a Dios se fueron dando las cosas”, confiesa con humildad. Hoy, desde Cordillera, el taller respira más lento: el monte, el canto de los pájaros, la vecindad. Y la certeza de que el arte puede ser un país.

Detrás de cada plancha, Rodrigo insiste en tres verbos: estudiar, formarse y valorar. Lo dice a quien quiera escucharlo: chicas y chicos que comienzan, colegas que dudan, curiosos que pasan por sus talleres. “Profesionalizarse como artista”, insiste, es elegir una ética: hacer bien, comunicar mejor, sostener el oficio. Su mercado principal sigue siendo Asunción y, desde ahí, el mundo. En Piribebuy encontró la calma para seguir multiplicando estampas que conversan con quienes, a miles de kilómetros, reconocen en esos animales algo propio.

El grabado es paciencia, presión, espera. También es futuro. En cada matriz, Rodrigo guarda un país que crece: ecosistemas que debemos defender, memoria que no debe borrarse, belleza que se comparte. De Piri a París, del Chaco a Alaska, su obra traza una ruta posible para emprender desde el arte: empezar con una mesa en una feria, sostener el pulso, agradecer a quienes abren puertas y atreverse —siempre— a soñar en grande. Porque, como dice, “se trata de valorar lo que uno hace”. Lo demás, el mundo, ya está aprendiendo a verlo.

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