La primavera trae flores, calor… y pequeñas sombras grises que cruzan los muros en silencio. Para Loiken Knöpfelmacher —la doctora Mykurê— cada una de esas sombras es una historia que vale la pena acompañar. Con paciencia y terquedad amable, convirtió la desconfianza en curiosidad y la curiosidad en cuidado. “Sí, asimismo, cuando llega la primavera, empieza el calor, también llegan algunos animalitos… y entre ellos es el mykurê”, dice.
En Paraguay, sin inviernos largos, “estos animalitos como que se confunden… se aparean casi todo el año”. Por eso, en temporada alta “casi todas las hembras que veas van a tener el marsupio… allá adentro tienen su bebé”.
Su lucha empieza en lo cotidiano: educar para que no cunda el miedo. “Simplemente es dejarlos ahí” si no están en peligro, repite. “Tenemos que aprender a convivir con ellos”. Loiken compara con otros países donde la convivencia con mapaches o zarigüeyas es parte del paisaje urbano y nos invita a copiar “esas buenas costumbres… y saber que su hábitat real es zona urbana y suburbana” para la especie más común entre nosotros: la Didelphis albiventris.
Detrás de cada consejo hay años de observar sin prejuicio. Ella sabe que los mykurẽ no atacan: “Su primer instinto es quedarse quieto… se congelan” ante los faros del auto o ante nuestra presencia. Por eso vemos tantos en la ruta: se paralizan, “se quedan duros y quietos”, analizando el peligro. Si nos acercamos, huyen; solo morderán si los arrinconamos, como “un gato, tal cual”. También sabe cuándo intervenir y cuándo no: si uno entra a la casa por la noche, “dejar la puerta abierta… se va a ir”. De día suelen quedarse inmóviles en un árbol o rincón hasta que baje el sol. Y con los gatos “conviven perfectamente”.
La doctora Mykurê combate mitos con datos. A quienes sostienen que “come gallina, pollito”, responde con evidencia: “en el 11%… encontraron resto de plumas; en el 100% sí encontraron resto de insectos y arácnidos”. Son aliados silenciosos contra cucarachas, alacranes y otros bichos que tememos. Y subraya algo que incomoda porque nos involucra: si estrechamos las islas verdes, los animales buscarán en nuestros patios lo que antes hallaban en los yuyales. “Ellos estuvieron primero”, recuerda con una postal de infancia: ahí donde hoy hay shoppings y dúplex, antes había patios boscosos y empedrados. La ciudad creció; el monte retrocedió. Toca aprender a convivir.
Su conocimiento también es ternura por lo frágil. “Es una maravilla, es un hermoso animal, ¿verdad? Es un animal que no contagia ningún tipo de enfermedad”. La vida del mykurê es breve: “en libertad viven solamente un año… en cautiverio, dos”. Envejecen rápido, “se van descalcificando y pierden la habilidad de trepar”; entonces el perro, el neumático o la indiferencia los alcanza. Por eso su pedido es simple y urgente: “Hay que dejarlos ser, dejarlos existir”. Si el que viste el año pasado ya no está, “posiblemente ya sea su hijo” el que ves hoy.
La pedagogía de Loiken es concreta, de barrio: asegurar la basura para que no se convierta en trampa, recoger la fruta caída, controlar a los perros por la noche; no perseguir, no tirar piedras, no manipular crías y, si un animal cae en un pozo o está herido, protegerlo del sol, alejarlos de los perros y pedir ayuda profesional. También invita a mirar de otra forma: si ves uno sano, miralo. “Déjalo nomás, míralo, disfruta de eso, porque no todos pueden ver”. Ese segundo de contemplación —y no de pánico— puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
En el fondo, su lucha no es solo por la zarigüeya: es por una ética de convivencia en ciudades que aceleran sin preguntar. Ella traduce el comportamiento del mykurê para que podamos reconocerlo: su silencio no es amenaza, su quietud no es desafío, su visita no es invasión, es señal de que aún queda algo de verde donde aferrarse. “Tenemos que crear y dejar un ambiente seguro para ellos”, insiste.
La doctora Mykurê nos deja un mapa: observar, entender, respetar. El resto son hábitos: luces bajas al cruzar zonas arboladas, paciencia si uno asoma en el muro, puertas abiertas unos segundos de noche para que encuentre salida, patios un poco más amigables. Pequeños gestos que suman a una cultura del cuidado.
Porque el mykurê no es plaga ni cuento para asustar niños. Es memoria de un paisaje que se apaga y que, si no lo proponemos, puede seguir respirando a nuestro lado. Y esa posibilidad —la de una ciudad que no expulsa lo que le molesta, sino que aprende a convivir— es la batalla que Loiken libra todos los días, con la ciencia en la mano y la compasión en la voz.


