Walter Palacios (36) es peluquero y logró convertir su pasión en un negocio exitoso. Comenzó con una casilla de madera y creció hasta tener hoy una barbería en un container, al borde de la ruta, en Limpio. Su dedicación le permitió ganar la fidelidad de su clientela, conformada por vecinos.
Walter Alejandro Palacios cumplió el sueño de poder vivir de lo que más le gusta: cortar cabello y arreglar barbas. Atiende de lunes a sábado, de 9:30 a 20:30 en su pequeño local, ubicado en un container al costado de la avenida San José. Su humilde local, que comenzó siendo una casilla de madera terciada, es hoy un punto de referencia para quienes buscan no solo un buen corte, sino también un trato cercano y profesional. Minutos después de que llegamos, nos cuenta su secreto para captar clientes: “Nunca demostrar tristeza, siempre mantener la sonrisa y tratar a cada cliente como un amigo”, compartió.
Su historia comenzó lejos de las tijeras y las máquinas de cortar cabello. Desde los 16 años, Walter trabajó en la construcción, donde se formó profesionalmente, pero la falta de respeto de algunos jefes y compañeros le hizo replantearse su camino. Fue su concuñada quien le sugirió estudiar peluquería y barbería. Primero tomó un curso básico y luego se especializó, practicando mientras trabajaba en la construcción. Sus primeros clientes de práctica fueron compañeros de obra. “Algunos quedaban contentos, otros no tanto, pero igual fueron mis promotores al comienzo”, relata entre risas.
Empezó con muy poco, pero con valentía
Con pocos recursos y mucha determinación, Walter armó su primer local: con un espejo y una mesada, el lugar peculiar y rústico se volvió muy querido por los vecinos. “La gente venía a probar el trabajo, les gustaba, y poco a poco, me fui dando a conocer”, recuerda.
Con paciencia y esfuerzo, además de la ayuda de su concuñado Fernando y su hermano Richard, fue comprando más herramientas, y más tarde pudo comprar el container.
El éxito llegó gracias a la publicidad de boca en boca. Quienes probaban sus cortes lo recomendaban a amigos, y así su clientela creció sostenidamente. Para establecerse, habló con la municipalidad, que le permitió ocupar el espacio sin costo, considerándolo como un puesto móvil. Desde el 2021, Walter puede trabajar en su barrio tranquilo, siempre respetando a la comunidad. “Seguiré mientras pueda, y el día que la municipalidad me diga que me tengo que ir de acá, me voy sin crear problemas; ese es el trato”, nos explica Walter.
Trabajo profesional y accesible
Hoy su barbería ofrece una variedad de servicios, todos muy accesibles. Cortes clásicos cuestan G. 25.000, sombreado a G. 30.000, corte y barba a G. 50.000, barba sola a G. 25.000, cejas G. 10.000 y afeitado completo a G. 20.000. “Mis jefes son mis clientes. Si con ellos no fallo, todo está tranquilo”, expresa el estilista.
Disciplina y constancia para mantener a su familia
Su rutina diaria consiste en limpiar el local, preparar sus herramientas, y, a veces, compartir anécdotas mientras corta el cabello. La barbería le permite mantener a su esposa Andrea Velázquez y a sus tres hijos: Matías, de 14 años, Dalia Jazmín, de 12 y la bebé Sofía, de siete meses. Cada cliente que sale satisfecho, es parte de su sustento.
La historia de Walter es también la de un pionero: antes de su casilla original de madera, no existía algo similar en la zona. Hoy muchos intentan copiar su estilo y a él no le molesta. Su casilla rústica sentó las bases de lo que es ahora un negocio estable, con clientes que regresan cada semana o cada quincena, confiando en su habilidad.
Walter Alejandro Palacios demuestra que con esfuerzo, constancia y una sonrisa aún en los días difíciles, se puede transformar un sueño personal en una historia de referencia para toda la comunidad. Su barbería es, además, un espacio de encuentro de los muchachos del barrio, pues cada cliente es recibido como un amigo.



