La lingüista Celeste Escobar acompaña un proceso organizativo impulsado por parteras tradicionales del Bajo Chaco. Frente a la precariedad, el aislamiento y los prejuicios históricos, estas mujeres defienden un saber milenario que sigue siendo vital para la salud de sus comunidades.
En un territorio donde los hospitales muchas veces quedan a horas o días de distancia, y donde las rutas no existen en épocas de inundación, la vida sigue naciendo y puede esperar a que el clima esté mejor. En el Chaco paraguayo, las parteras tradicionales de los pueblos Maskoy, Enxet Sur, Sanapaná y Angaité continúan ejerciendo un oficio ancestral que antecede a la medicina académica.
La investigadora, experta en lenguas y culturas indígenas, Celeste Escobar, quien acompaña de cerca el proceso organizativo de estas mujeres, nos cuenta que ellas siguen resistiendo a pesar de la precariedad y que están preocupadas porque su saber ancestral se pierda. Pero aun ante la ausencia de infraestructura básica, ellas utilizan las adversidades como impulso para organizarse.
Labor que salva ante un sistema de salud limitado
Recientemente, las parteras decidieron conformar un comité, elegir voceras que representen a los distintos pueblos y acompañarse mutuamente para visibilizar su labor. El desafío que se impusieron es defender un conocimiento que sigue siendo indispensable para sus comunidades, en las que el acceso al sistema de salud formal es limitado.
El camino comenzó a abrirse con el apoyo de distintos organismos. En 2023, con el acompañamiento de la Unesco, la partería tradicional indígena fue reconocida como Patrimonio Cultural Nacional por la Secretaría Nacional de Cultura (SNC). En 2024 se realizó el primer encuentro amplio de parteras, con participación de 18 comunidades, financiado por los Fondos de Cultura. Este año, el segundo encuentro contará con el apoyo del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fondec).
Comunidades tienen respeto profundo a parteras
Las parteras atienden a las mujeres antes, durante y después del parto, y también cuidan a los recién nacidos. En las comunidades existe un respeto profundo hacia ellas, ya que su autoridad se construye a partir de la cantidad de nacimientos acompañados, el número de madres y bebés sanos. No cualquiera puede ser partera; se trata de un rol que implica responsabilidad y un compromiso absoluto con la vida.
A la vez, enfrentan enormes carencias, pues no cuentan con insumos mínimos como guantes, linternas, agua potable o un espacio adecuado para recibir los partos. La lingüista nos cuenta que, muchas veces, la mayor dificultad no es el conocimiento, sino la falta de infraestructura.
Oposición entre ciencia y tradición es falsa, dicen
El temor social a “no parir en un hospital” es uno de los prejuicios más arraigados. Pero en el Chaco, cuando no hay tiempo de llegar a un centro de salud, son las parteras quienes actúan en uno de los momentos más decisivos en la vida de una mujer.
“Más práctica que muchos profesionales recién formados”
En medio de estos prejuicios que enfrentan las parteras por no haber pasado por una universidad, a pesar de que muchas veces cuentan con más práctica real que profesionales recién formados, la lingüista remarca que varios países latinoamericanos ya reconocieron la partería tradicional indígena e incluso la integraron a sus sistemas de salud.
En el mismo sentido, recordó que actualmente este modelo más natural empieza a valorarse en sociedades urbanas con mayor poder adquisitivo, mediante el acompañamiento de las doulas en los hospitales privados, el parto en el agua, etc.
El reconocimiento de la partería tradicional como patrimonio es un primer paso, pero la esperanza es que no se quede solo en palabras bonitas. Las parteras de los pueblos originarios siempre estuvieron allí, siguen y seguirán, sosteniendo un saber antiguo que se preocupa por la vida sin intereses económicos.










