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San Baltazar en Capiatá, fe, tradición y el legado de los afrodescendientes

En el kilómetro 22 de la Ruta PY01, el paisaje cotidiano de Capiatá se transformó cada mes de enero. Lo que a simple vista pareció una festividad rel…

| Por La Tribuna
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En el kilómetro 22 de la Ruta PY01, el paisaje cotidiano de Capiatá se transformó cada mes de enero. Lo que a simple vista pareció una festividad religiosa más, representó en realidad un tejido complejo de historia jesuítica, migraciones rioplatenses y una devoción familiar que resistió casi un siglo. El Oratorio del Santo Rey Baltazar no funcionó solo como un edificio; resultó ser el custodio de una identidad que se manifestó en el brillo de una capa roja y en el compromiso de una estirpe de cuidadores.

La familia Arrúa Peña y el legado de los jesuitas

Para entender la magnitud de esta fiesta, resultó imperativo hablar de sus protectores históricos, la familia Arrúa Peña. La imagen de San Baltazar que hoy congregó a miles de personas no fue una réplica moderna ni una adquisición azarosa, sino una pieza con alma e historia que perteneció originalmente a las antiguas misiones de los jesuitas. Tras la expulsión de la orden en el siglo XVIII, las familias locales rescataron muchas de estas imágenes sacras para evitar su pérdida. Así, el tesoro pasó de generación en generación como la herencia doméstica paraguaya más preciada.

En el caso particular de la familia Arrúa Peña, la imagen se convirtió en el eje central de su hogar y de la vida espiritual de sus vecinos. El culto se formalizó en el año 1931 con la construcción del primer oratorio dedicado al santo. Sin embargo, con el paso de las décadas, el fervor creció de tal manera que la estructura original resultó pequeña para albergar a la multitud de fieles. Esto llevó a la familia a tomar la decisión de demoler el antiguo recinto para construir el templo que conocimos hoy día, inaugurado en 1986, el cual se mantuvo como un faro de tradición en la zona.

El simbolismo del rojo y el amarillo en la devoción

Uno de los aspectos que más cautivó a los visitantes y estudiosos de la cultura popular fue la explosión visual de colores que inundó el lugar. El oratorio y los feligreses se tiñeron de rojo y amarillo, una combinación que guardó un profundo significado simbólico relacionado con la identidad del "Santo de los Cambá". El rojo representó la fuerza, el fuego del Espíritu y la vitalidad de las raíces africanas que llegaron al Paraguay desde Uruguay junto a las tropas de Artigas. Actuó como el color de la pasión y la protección, además de servir como un escudo espiritual para quienes vistieron sus galas.

Por otro lado, el amarillo o el dorado simbolizó la realeza de Baltazar como uno de los tres Reyes Magos de Oriente, representando la luz de la estrella que guio el camino hacia el pesebre. Ver el altar ornamentado profusamente con flores frescas en estos tonos no fue solo un ejercicio estético, sino una representación de la dualidad del santo: un rey poderoso y, al mismo tiempo, un protector humilde de los más vulnerables. Esta armonía cromática se reflejó en cada detalle, desde las cortinas del oratorio hasta los ornamentos que los dueños prepararon con meses de antelación.

El camino de los pequeños reyes por la ruta

La caminata por la banquina de la ruta resultó, quizás, la parte más conmovedora y visualmente impactante de esta tradición. Bajo el intenso sol de enero en Paraguay, los padres caminaron largos tramos junto a sus hijos pequeños. Resultó una imagen poderosa observar a los niños y niñas, algunos de ellos dando sus primeros pasos, luciendo sus capas de satén rojo que ondearon con el viento provocado por el tráfico pesado. Esta tradición no distinguió géneros; tanto niños como niñas asumieron con orgullo la identidad de reyes y reinas, portando sus coronas y chalequitos con una solemnidad que asombró a los transeúntes.

Para las familias capiateñas, vestir al niño como el Rey Baltazar significó un acto de presentación pública y de agradecimiento. Muchos lo hicieron para cumplir promesas realizadas tras enfermedades superadas o para pedir protección por el crecimiento de los hijos. El esfuerzo de caminar por la ruta, cargando el cetro y soportando el calor del atuendo, se vio como un pequeño sacrificio de amor que fortaleció el vínculo familiar y comunitario. Al llegar al oratorio, la fatiga se transformó en alegría cuando los pequeños reyes finalmente se encontraron frente a la imagen del santo.

El rito de pasaje y la entrega de los atributos

La devoción en este oratorio tuvo un ciclo vital que cerró de manera magistral cuando los jóvenes alcanzaron la mayoría de edad, generalmente entre los 15 y los 18 años. Este fue un momento cargado de una nostalgia profunda y un respeto mutuo entre generaciones. Al llegar a esta edad, muchos jóvenes realizaron su última caminata vestidos con el atuendo real que los acompañó durante toda su infancia. Se trató de un rito de pasaje que marcó el fin de la niñez y el inicio de las responsabilidades de la vida adulta bajo la mirada del santo.

Al entrar al oratorio, frente a la figura de San Baltazar rodeada de flores amarillas, se produjo el momento culminante: el joven se despojó lentamente de su corona, su cetro y su capa roja para colocarlos con delicadeza a los pies del santo. Resultó una entrega simbólica donde el joven agradeció los años de protección recibidos y cedió su lugar a las nuevas generaciones de niños que vinieron marchando detrás. Muchos de estos jóvenes regresaron años después, ya como padres, para iniciar el mismo ciclo con sus propios hijos, asegurando que la tradición de los Arrúa Peña nunca se apague.

Tradición romería y el Karu Guazú

Finalmente, la fe se celebró de forma colectiva y festiva. Cada 4 de enero, el tradicional Karu Guazú (gran comilona) rompió cualquier barrera social en el barrio. Fue un acto de hermandad donde los feligreses compartieron platos tradicionales en un ambiente de gratitud compartida. Una vez cumplieron los actos de devoción, la seriedad cedió el paso a la diversión en la romería y el parque montado detrás del oratorio. Allí, los niños, todavía luciendo sus coronas doradas, corrieron y jugaron, recordándonos que en Capiatá, San Baltazar siguió siendo el rey de la alegría y el guardián de la memoria popular.

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