Con el cierre del año escolar y la llegada del verano, las rutinas familiares se reordenan y aparece un desafío bastante recurrente en los hogares, con el tiempo libre de niñas y niños para que las pantallas no se conviertan en única opción.
La exposición prolongada a la llamada “luz azul” está asociada con la fatiga visual, sequedad ocular y alteraciones del sueño. A esto se suman otros efectos como mayor sedentarismo, dificultades para la interacción social, irritabilidad y problemas de atención. El verano entonces se presenta como un espacio clave para equilibrar el tiempo digital con experiencias que estimulen el cuerpo, la imaginación y el vínculo con otros.
Lejos de requerir grandes presupuestos o agendas sobrecargadas, muchas de las alternativas más efectivas nacen dentro del propio hogar o en espacios comunitarios cercanos. Desde la Dirección General de Promoción de la Salud, en el marco de la estrategia Escuela Saludable, se brinda a los padres, madres y tutores algunas recomendaciones para ocupar el tiempo en actividades como la lectura recreativa.
Una de las alternativas podría ser la creación de pequeños clubes familiares de lectura y escritura, que permite sostener el hábito lector durante las vacaciones y evita el retroceso en la comprensión lectora. Leer por placer, dibujar escenas del libro o inventar finales alternativos activa el pensamiento crítico y amplía el vocabulario sin que se sienta como una obligación escolar.
Otra opción de alto impacto es el trabajo con materiales reciclados, como cartón, botellas, telas y restos de madera, que pueden transformarse en herramientas para construir fuertes, maquetas, juguetes o escenarios imaginarios. Estos proyectos, que pueden extenderse varios días, fortalecen la motricidad fina, el pensamiento espacial y la capacidad de resolver problemas, además de promover el trabajo en equipo y la paciencia.
El contacto con la naturaleza también cumple un rol central, como visitar plazas, recorrer el barrio, observar insectos o iniciar una pequeña huerta en macetas introduce a los niños en los ciclos naturales y refuerza valores, como el cuidado del ambiente y la responsabilidad. Regar una planta, registrar su crecimiento o cosechar lo sembrado genera una experiencia concreta de aprendizaje y compromiso cotidiano.
Los juegos de mesa y las actividades físicas compartidas completan el abanico de propuestas. Ajedrez, damas, dominó, cartas o juegos tradicionales en el patio fomentan el respeto por las reglas, la tolerancia a la frustración y la socialización cara a cara. Son, además, instancias privilegiadas para fortalecer los lazos familiares, algo que muchas veces queda relegado durante el año.
Finalmente, la cocina puede convertirse en un espacio educativo, ya que involucra a niñas y niños en la preparación de comidas sencillas, pues desarrolla autonomía, nociones básicas de matemática y hábitos de alimentación más conscientes.
Reducir el tiempo frente a las pantallas no implica prohibiciones absolutas, sino decisiones equilibradas. Las vacaciones pueden ser el momento ideal para que el juego libre, el movimiento y la creatividad vuelvan a ocupar un lugar central en la infancia.



