Perdió su puesto en el incendio de la feria Aragón ocurrido en el 2022 y, con él, años de trabajo. Pero lejos de rendirse, Beatriz Maldonado decidió comenzar otra vez, esta vez como vendedora ambulante sobre la calle Battilana. A sus 63 años, sigue trabajando como lo hace desde que tenía siete, sosteniéndose con dignidad, a veces en medio de la incertidumbre.
Cada mañana, Beatriz Maldonado llega a la calle Battilana casi Rodríguez de Francia y acomoda con cuidado sus ajos en su canasto. No hay puesto fijo ni estructura que la resguarde, solo el espacio que logra ocupar en la vereda y la esperanza de que el día traiga suficientes ventas. Así transcurre hoy su rutina, muy distinta a la que tuvo durante años en la feria Aragón.
Durante mucho tiempo, Beatriz contó con su propio puesto. Era su lugar de trabajo, su sustento diario y, quizá, también su zona de confort. Pero todo cambió con el incendio que afectó a la feria el 9 de agosto de 2022. En cuestión de horas, lo perdió todo. El fuego no solo consumió mercaderías y estructura; también llevó años de sacrificio.
Frente a esa pérdida, Beatriz tomó una decisión difícil: empezar de cero. Sin puesto y sin recursos para volver a instalarse de la misma manera, optó por salir a la calle como vendedora ambulante. Desde entonces, vende ajos y cebollas sobre Battilana, en una zona donde debe llegar temprano para poder ubicarse antes que otras vendedoras. “Ahora no pago nada, me coloco aquí y después salgo a recorrer”, explica, describiendo su dinámica diaria por la necesidad de defender el lugar y el pan de cada día.
Perseverando contra la corriente
No fue un camino sencillo. Beatriz tuvo que enfrentar prejuicios y comentarios, incluso de algunas de sus propias compañeras vendedoras. Y es que la calle no siempre es un espacio amable, pero aprendió a moverse hábilmente entre el caos, resolviendo las dificultades sobre la marcha. “Aguantamos el calor y muchas cosas, estamos acostumbrados”, dice con una naturalidad que habla de una vida entera dedicada al trabajo.
Entrando a la segunda quincena de diciembre, el movimiento de clientes está mejorando de a poco, comenta, mientras observa a algunos clientes que pasan.
Quedarse en casa no es una opción y, de hecho, no podría. Recorre este mercado desde que tenía siete años; es lo único que conoce y lo que la sostiene hasta hoy.
Con más de seis décadas encima, el cansancio ya se siente, y Beatriz quiere jubilarse, pero la realidad se lo impide. “Nadie me paga por mi jubilación”, dice entre risas y resignación. Como muchas trabajadoras informales, dedicó toda su vida a las ventas sin llegar a contar con un aporte que hoy le garantice descanso y seguridad.
Se enteró de que el lugar donde trabajaba está siendo reconstruido, pero el espacio ahora pertenece a otro dueño. No sabe si alguna vez volverá a tener puesto, pero mientras sostiene su jornada con una dignidad silenciosa. Su historia refleja la realidad de muchas mujeres del Mercado 4: trabajar desde niñas, perderlo todo en un instante y volver a empezar sin garantías. Aun así, Beatriz sigue allí, demostrando que, incluso cuando todo se quema, la fuerza para seguir puede más.



