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Fiesta

Juan Augusto Roa (Encarnación)

| Por La Tribuna

A propósito de la popular canción, y observando el ritual tan arraigado en nuestro país como es la peregrinación a Caacupé, me asalta la inquietante sensación y la pregunta de hasta dónde se da un paralelismo entre la descripción que hace el autor de la celebración de la fiesta de San Juan y el ritual de peregrinación de la fiesta de Caacupé.

Y hasta qué punto esta celebración caacupeña, tan arraigada en el alma del pueblo paraguayo, no es sino un fenómeno de catarsis colectiva. Un sucedáneo de lo que el pueblo espera traducido en acciones de quienes conducen los destinos del país.

Así como en la fiesta de San Juan descrita por Serrat, cada ocho de diciembre se encuentran en la cima del cerro los líderes políticos, operadores de justicia, funcionarios de entidades que manejan los recursos públicos, representantes de los poderes y el pueblo reclamante. Todos animados por la misma tradición, compartiendo el mismo ritual.

Ante ese multitudinario y heterogéneo auditorio, los pastores exponen, con claridad y sabiduría incuestionables, los añejos reclamos de ese pueblo peregrinante. Justicia justa (parece un contrasentido, pero no lo es), mejores condiciones de vida y salud, honestidad en la gestión pública, educación de calidad, cuidado del ambiente, gestión política en favor del bien común y no para satisfacer ambiciones personales e intereses de grupo, entre otros.

Reclamos que, a tenor de la realidad, son prédica en el desierto. Pese a que el 80 por ciento de la población se declara católica apostólica romana.

Terminada la fiesta, bajamos del cerro. Descargados de penas tal vez, cada cual a su redil, a vivir su cotidianidad.

Parafraseando a Serrat, finalizada la fiesta, con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas.

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