La celebración eucarística en Caacupé fue presidida por el obispo diocesano, monseñor Ricardo Valenzuela, pero la homilía estuvo a cargo del presbítero doctor César Nery Villagra. El sacerdote centró su mensaje en el sentido del Adviento, el bien común y la enseñanza central de la parábola del samaritano misericordioso.
La misa fue presidida por el obispo de Caacupé, monseñor Ricardo Valenzuela y la homilía, sin embargo, estuvo a cargo del presbítero doctor César Nery Villagra, decano de la Facultad de Sagrada Teología y delegado del Obispado para las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. Su mensaje, de tono directo y centrado en la responsabilidad comunitaria, abordó el espíritu del Adviento, el sentido del bien común y la vigencia ética de la parábola del samaritano misericordioso.
“María nos enseña a priorizar el bien de las comunidades por encima del interés personal”, afirmó Villagra, al recordar que la celebración se enmarca en el tiempo de preparación para la venida de Cristo y en la fiesta mayor de la Virgen de Caacupé.
El sacerdote resaltó que el ejemplo de la Madre de Jesús favorece primero al necesitado, tal como lo hizo al asistir a su prima Isabel. Y, siguiendo esa línea, señaló que la vocación cristiana debe impulsar a crear condiciones para que ancianos, mujeres, hombres, jóvenes y niños “alcancen su plena realización”, un concepto que vinculó al mandato evangélico del amor activo.
Villagra dedicó buena parte de su reflexión al análisis de la primera lectura tomada del profeta Ezequiel, que presenta la relación entre Dios y Jerusalén bajo la imagen matrimonial. Según explicó, el texto denuncia la infidelidad del pueblo frente al amor recibido, representado en “la búsqueda de otros amantes”, figura que en clave bíblica alude a la idolatría y a las injusticias que se desprenden de ella.
“El amor de Dios no encontró reciprocidad en el pueblo”, señaló, subrayando que la ruptura ética y espiritual deriva en prácticas que afectan directamente al bien común.
Destacó que el salmo proclamado insiste en que la justicia y el derecho son centrales en la vida del creyente, porque Dios “rechaza los caminos torcidos y detesta la maldad”. Para Villagra, esta afirmación sigue siendo un desafío actual en las sociedades donde “la proximidad física no produce proximidad humana si no hay misericordia”.
Con la explicación de la parábola del samaritano misericordioso, recogida en el Evangelio de Lucas, Villagra recordó que el relato no distingue entre “buenos” y “malos”, sino entre quienes actúan y quienes pasan de largo. Contrastó la actitud del sacerdote y el levita, ligados al culto, con la del samaritano, considerado hereje por los judíos.
“Prójimo no es el que sufre, sino el que se hace cercano a quien sufre”, enfatizó.
El sacerdote explicó que la enseñanza de Jesús exige pasar de la palabra a las obras, asistiendo, cuidando, invirtiendo tiempo y recursos en favor del necesitado. Por ello, cerró con la exhortación de que Jesús dirige al jurista en el Evangelio.
“Anda y haz tú lo mismo”, citó, señalando que la misericordia es la que abre paso a una convivencia justa y humanizada.
Villagra concluyó recordando que las leyes “sin alma” pueden convertirse en nuevos ídolos cuando se colocan por encima de la dignidad humana. “El amor produce proximidad”, afirmó, llamando a la comunidad a ejercer la solidaridad como camino hacia el bien común.


