En el novenario de Caacupé, el obispo Marcelo Benítez centró su homilía en el cuidado de la “casa común”, advirtiendo sobre los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la necesidad de transformar los modos de consumo para resguardar la vida y el ambiente.
En su homilía dirigida a los peregrinos en Caacupé, el obispo Marcelo Benítez planteó un mensaje centrado en la responsabilidad colectiva ante el deterioro ambiental. Basado en el pasaje del Génesis que afirma que “toda la creación era muy buena”, sostuvo que la belleza y riqueza natural del país exigen un cuidado más estricto. Enfatizó en que el ser humano es custodio de lo creado y que ese compromiso debe ejercerse con responsabilidad y gratitud.
Benítez señaló que la degradación ambiental es visible en distintas regiones, mencionando la presión sobre los recursos naturales y los efectos de modelos de desarrollo que priorizan resultados económicos sin considerar los impactos sociales y ecológicos. Según su reflexión, esta lógica termina profundizando desigualdades y afectando principalmente a sectores vulnerables. Recordó que el valor central debe ser la vida y no la acumulación material, y que el cuidado ambiental es condición para un desarrollo humano integral.
Crisis ambiental se debe afrontar con decisiones colectivas e institucionales
El obispo dedicó un tramo de la homilía al cambio climático, afirmando que su avance altera la estabilidad del clima y expone al país a fenómenos más extremos, como sequías, tormentas e inundaciones. Indicó que la próxima década será crítica, aludiendo a la necesidad de modificar hábitos de consumo, prácticas productivas y criterios de planificación.
A partir de referencias de la encíclica “Laudato Si” del papa Francisco publicada en 2015, Benítez resaltó que la crisis ambiental está estrechamente vinculada a dinámicas económicas y sociales. Recordó que los ecosistemas sanos son claves para regular el clima, purificar el aire y sostener la producción de alimentos. Mencionó la disminución de especies, el deterioro del suelo y el retroceso de bosques y humedales como señales de alerta que, a su criterio, deben impulsar decisiones colectivas e institucionales más firmes.
En este marco, llamó a preservar fuentes de agua, aludiendo a la reducción de arroyos y nacientes en varias zonas. También se refirió a la contaminación del aire y sus efectos sobre la salud, destacando que estos procesos suelen impactar con mayor intensidad en comunidades con menos recursos.
Benítez sostuvo que revertir el daño es posible mediante acciones inmediatas de conservación y restauración, así como mediante prácticas agrícolas más sostenibles y un uso prudente de los recursos naturales. Señaló la importancia del conocimiento de comunidades locales e indígenas, a quienes atribuyó un rol fundamental en la protección de los territorios y en la transmisión de saberes vinculados al manejo de la tierra.
También subrayó la necesidad de que las instituciones públicas cumplan con su obligación de velar por un ambiente sano, tal como establece la Constitución. En paralelo, instó a la ciudadanía a organizarse y participar, afirmando que la protección ambiental requiere corresponsabilidad social.
El obispo destacó que el cuidado de la casa común está directamente vinculado al bien común, y que ningún proyecto de desarrollo puede sostenerse sin equilibrio ecológico. Concluyó invitando a renovar la relación con la naturaleza, entendiendo que el futuro de las próximas generaciones depende de las decisiones adoptadas hoy.



