Un canasto, tres hijos profesionales y una receta secreta que no compartirá ni aunque le paguen mucho dinero. Estos son los componentes de la vida de Jorgelina Ramírez, quien desde hace más de 30 años tiene su puesto de chipas frente a la Basílica Santuario de Caacupé. Su canasto la llena de orgullo, pues la ayudó a subsistir en los momentos más difíciles, como cuando perdió a su esposo, hace tres años.
El sol todavía no sale cuando Jorgelina Ramírez ya retira las chipas de su proveedor, carga su canasto y se instala en su puesto en frente a la Basílica Santuario Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé.
No pasa ni media hora cuando los primeros clientes empiezan a aparecer. Es que cerca de las cinco de la mañana es cuando más bien cae un cocido bien caliente, negro o con leche, acompañado de una chipa recién hecha.
Cerca de las 09:00, cuando el estómago ruge pidiendo un menú más contundente, la butifarra con chipa es la dupla más codiciada para encarar el tereré rupa.
El canasto de Jorgelina siempre vuelve vacío y no es casualidad. Hace 30 años, se autoimpuso como regla de oro vender siempre todo antes de ir a descansar.
Mediante esta constancia casi militar, pudo costear los estudios primarios, secundarios y universitarios de sus tres hijas.
“Estoy muy orgullosa de mi canasto, porque me permitió tener hoy en día dos ingenieras eléctricas y una contadora”, dice la comerciante con una sonrisa genuina.
El canasto en momentos en que la vida golpea
El canasto fue su tabla de salvación aun en los momentos más difíciles de la vida, como cuando murió su esposo, Alfredo Cardozo, su compañero en la preparación y venta de las chipas.
Por esos días, la tristeza pesaba y hacía que el camino diario a la Basílica sea todavía más cuesta arriba. “Fue un padre ejemplar, me ayudaba muchísimo con el negocio de la chipa y estuvo siempre hasta que falleció a los 62 años”, comparte.
Pero con sus hijos como inspiración y el ánimo diario que le daban sus clientes pronto logró retomar la lucha diaria.
Ante la ausencia de Alfredo, que era quien preparaba la masa, tuvo que buscarse un nuevo proveedor. Eso sí, a partir de ese momento, Jorgelina estableció otra política muy estricta en su negocio: su receta es secreta y no la revelará ni aunque le paguen mucho dinero.
Sus colegas, otras vendedoras, están muy cerca y mantienen una amistad, pero la competencia es inevitable. El secreto profesional va por cuerdas separadas, y cada vendedora cuida muy bien a su clientela.
Al consultarle cuáles son sus metas para este fin de año, si le va bien en las ventas, cuenta que, en esta etapa de su vida, ya no quiere nada especial para ella. Más bien, espera obtener ingresos extra para comprarles regalitos a sus hijos y a sus nietas.
“A mí ya no me falta más nada, gracias a Dios, tengo mi casa y todas las comodidades que necesito; todo gracias a la chipa. Eso sí, hay que seguir trabajando para la comida diaria, que es lo más caro últimamente”, dice Jorgelina.
La hora transcurre rápido y el sol está particularmente intenso, pero se combate con un fresco tereré, mientras los feligreses que salen de la misa en la Basílica llegan en masa al puesto de Jorgelina. Ya no se la puede molestar, porque sus clientes son prioridad, más aún ahora que el novenario de la Virgen de Caacupé está a la vuelta de la esquina.
Pronto, los promeseros llegarán con sus plegarias y agradecimientos para la Virgencita Azul. En la Villa Serrana, las chiperas los esperan para deleitar no solo su espíritu, sino también su paladar. “Si no comiste chipa con butifarra, no viniste a Caacupé”, dice finalmente la alegre Jorgelina.




