En Asunción, un grupo de jóvenes bailarines muestran sus destrezas en los intervalos de los semáforos, vestidos con el atuendo típico paraguayo, entre zapateos y danzas en pareja. Todo lo que recaudan es para costear las giras con las que representarán al país en eventos internacionales.
Todos los días, entre el ruido citadino de la avenida España y San Martín, conductores y peatones disfrutan de un espectáculo casi inusual, ya que solemos ver otro tipo de arte callejero. En este caso se ve a unos jóvenes vestidos de pantalón, camisa de ao po’i, pañuelo de seda, la tradicional faja y sombrero piri que caracteriza a nuestra cultura. Las mujeres con la pollera y typói con sus trenzas y flores en la cabeza, danzando al ritmo de las polcas paraguayas.
Los jóvenes recurren a este arte urbano para financiar un sueño, viajar al extranjero para representar a nuestro país. “Ofrecemos un pequeño espectáculo a cambio de una colaboración voluntaria”, explicaba Iván Adorno, uno de los bailarines. Comentó que la idea surgió de una necesidad práctica, pero también del deseo de mostrar que el arte puede sostenerse con creatividad y compromiso.
Los integrantes del grupo en su mayoría son universitarios y jóvenes trabajadores y se organizan por turnos para presentarse en los semáforos. “A veces bailamos en pareja, otras veces solo los varones, dependiendo de quiénes pueden ir ese día”, agrega Iván.
El arte callejero, motor de un sueño global
El próximo año la compañía a la que pertenecen proyecta viajar a Panamá, Colombia, España, Polonia y Serbia, en lo que será su décima gira internacional. “Queremos que cada paso, cada coreografía, sea una forma de decir ‘esto es Paraguay’, sin importar en qué escenario estemos”, afirma.
Los jóvenes pertenecen a una compañía artística llamada “Desde el alma” que fue creada por Clara Galeano y Lino Ravinovich, y nació con la misión de dignificar el trabajo del bailarín folclórico y preservar la identidad cultural. “Buscamos crear espacios de expresión donde la danza sea una herramienta de transformación y encuentro”, explica Galeano.
Para la directora, la danza folclórica es una escuela de vida, ya que “enseña disciplina, respeto, sensibilidad artística y trabajo en equipo. Los jóvenes aprenden a valorar lo propio y a construir desde la cultura”. Pero también reconoce los desafíos de ejercer el arte en Paraguay. “Existen fondos y concursos públicos, pero los tiempos administrativos no siempre coinciden con las necesidades de los artistas. Hasta hoy no recibimos ayuda institucional, por eso buscamos alternativas”. Su compañía nació de la misma manera, debían representar al país para un evento folclórico y decidió juntar a varios jóvenes para poder crear el grupo que hoy día ayuda a reforzar el amor por la tradición paraguaya.
Los semáforos, entonces, se convirtieron en un símbolo de resistencia y creatividad. “El arte también puede habitar la calle -dice Galeano-, y cuando un conductor baja la ventanilla y aplaude o sonríe, sentimos que valió la pena”.
Finalmente, aclaran que su propósito no es generar lástima ni pedir ayuda, sino demostrar que el folclore paraguayo sigue vigente. “Bailamos para sostener nuestro arte y para que la danza nacional viaje lejos, aunque empecemos en un semáforo”.











