El libro titulado Los pecadores del Vaticano constituye una serie de ocho (8) cuentos escritos por el excelso escritor y Académico de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española don Bernardo Neri Farina que, si te soy honesto, mi querido lector, parecen formar en conjunto toda una sesuda tesis doctoral cum laude. “¿Por qué?”, te preguntarás seguramente. Muy sencillo, porque todos ellos tratan, a mi juicio, de responder a todo un piélago de preguntas de gran trascendencia que, como lectores, no podemos evitar formularnos, tal como haríamos formalmente en un trabajo de enorme magnitud como el mencionado más arriba, después de su lectura.
Entre tales preguntas podrían estar: “¿Por qué Paraguay es cómo es?”, “¿por qué parece haberse detenido o estancado en el tiempo y no ha evolucionado hacia el progreso y la modernidad?”, “¿por qué adolece de falta de coherencia y capacidad críticas?, ¿por qué, siendo un país tan rico en recursos, es tan pobre en servicios?” Como ves, amigo lector, todas ellas son preguntas que surgen como reacción y provocación después de sumergirnos en los cuentos escritos por don Bernardo. Sin embargo, ¿cuáles podrían ser las respuestas a tales preguntas?
Bueno, en verdad, yo creo que, atendiendo al contenido de las historias cristalizadas en cada cuento, deberíamos contestar con una sola respuesta: por culpa de la manera de ser del político paraguayo “tradicional” del “Superior Gobierno” a lo largo de la historia del Paraguay, manera de ser que aún parece perdurar hasta el día de hoy aquí en los tiempos que vivimos. Creo que huelga decir el color, colorín…, de los principales protagonistas de estos cuentos genuinamente paraguayos. No hace falta. Don Bernardo, en la mayoría de los casos, según creo recordar, trata de evitar su mención explícita, puesto que a lo largo de ellos va sembrando y dejando caer pistas y consignas al respecto hilvanadas y tejidas con gran ingenio y gracejo, talante y talento. Así pues, no es difícil deducir tanto el color como el partido de turno, en funciones y de marras, de los políticos, funcionarios y autoridades que desfilan sin prisa, pero sin pausa, por los cuentos como títeres y marionetas fanáticos, corruptos y corrompidos, ignorantes e ignaros.
La sensación que vamos gestando en nuestro interior como lectores es, justamente, la que desea provocar el autor: la de rechazo y desagrado o la de tristeza y decepción por todos esos políticos, funcionarios y autoridades pertenecientes a una casta de “deidades intocables” a lo largo de la historia (Gobierno de Stroessner fundamentalmente) en el marco, seno y tálamo de ese partido tradicional que ha hecho de Paraguay un país, como leemos en uno de los cuentos, “donde las reglas son referencias etéreas, absolutamente volátiles, meras formalidades a las que no hay que dar mucha importancia (…)”, donde el término democracia “adquiere una interpretación algo más contundente y firme: “Yo hago lo que quiero; para eso mando”.
Esa es la opinión común del político paraguayo tradicional e histórico y, podríamos decir “oficialista”, que aparece descrito en casi todos los cuentos de don Bernardo, a veces con un estilo de denuncia, otros con un tinte de ironía, otros con un tono tan cómico como desopilante, otros con un toque de tristeza y resignación, y otros con una “vuelta de tuerca” que no esperamos al final de los mismos y que hace que nos conmovamos irremediablemente. En cualquier caso, el político paraguayo oficialista y tradicional es el protagonista principal en Los pecadores del Vaticano” en un contexto político e histórico, en general, marcado por la intolerancia, el fanatismo, la corrupción, los trapicheos y tejemanejes de sus gobernantes y compinches, los trapos sucios, la indefensión de los ciudadanos paraguayos, la violación de los derechos, la intransigencia, la ignorancia y la bajeza, en definitiva, enmarcados en la dictadura stronista, aunque hay cuentos, como El nombre de la muerte, que tienen como trasfondo histórico y político la revolución del 47.
Una de las figuras que mejor define y visibiliza al político paraguayo oficialista y tradicional anclado en el poder como una lapa al casco de una nao es el prototípico y sintomático ministro paraguayensis, pero universalis. De todas las figuras descritas en los cuentos de don Bernardo, la figura del ministro es la que más me ha removido los entresijos y otras vísceras para desgracia mía en la nocturnidad. El ministro paraguayo oficialista y tradicional encarna o representa en algunos cuentos de don Bernardo lo peor del ser humano en su carácter de irracionalidad, vulgaridad, animalidad, bestialidad, estolidez, tosquedad, ruindad, bajeza y mezquindad.
Un ministro así aparece de manera concreta en el proscenio del cuento que lleva por título Una noche en la embajada como uno de los invitados a la recepción ofrecida por un embajador extranjero. Es obvio que, por las claves en el cuento que tenemos que develar como lectores idóneos al estilo de Umberto Eco (cfr. Lector in fabula), nos encontramos inmersos en los años de la dictadura del “rubicundo teutón” paraguayo. El comportamiento del ministro en la mencionada recepción del diplomático extranjero es absolutamente intolerable tras haberse embriagado a más no poder, pero eso es algo, amigo lector, que no le importa nada al bermejizo político. A medida que su melopea, trompa, cogorza, tajada, curda, castaña, cohete, bomba y merluza a base de güisqui y chiriki se le va pasando, su fiel y devoto ayudante Ramírez le va poniendo al tanto progresiva y gradualmente de las barbaridades, tropelías y atropellos inmorales que ha cometido aquel en tan funesta e infausta recepción.
Te menciono algunas, amigo lector: tratar de refocilarse a sus anchas con la esposa del mismísimo embajador, o sea, como se lee en tan luctuoso como divertido cuento, “levantársela” sin el menor pudor o recato; amenazarla, tras no lograr de ella sino cierto desdén fingido, con desvelar su mancebía transitoria o amancebamiento temporal con el diputado Orellana; miccionar, para evitar el disfemismo que tienes en mente, lector, en las obras clásicas de la literatura francesa del embajador gringo; ordenar a la empleada que le meta sus partes pudendas o el pájaro en la bragueta; obligar al cuarteto de música clásica a que toque una polca partidaria del cuento colorín…; batirse con el embajador conducido por la intoxicación etílica; mandarlo posteriormente a la p… China Continental; y finalmente, vomitar públicamente “el festival de pastas, el pavo trufado, los cubitos de lomo, el solomillo de cerdo, los trocitos de salmón ahumado, el paté francés, los dados de pato a la pimienta verde” y otras exquisiteces encima suya.
Amigo lector, hemos asistido a la imagen universal y eterna del ministro borravino en la dictadura de Stroessner. No hay adjetivo que no le quede al pelo a tan desagradable político encarnado, escarlata, carmesí, bermellón, grana, rubro y roso. Otro cuento en el que pasea como Pedro por su casa otro político de la misma casta, pasta y calaña y que indigna a más no poder las células del cuerpo es Un espíritu superior. En este cuento que posee una de las vueltas de tuerca más contundentes se nos presenta un narrador que comienza a plaguearse de muchas cosas que suceden ante un periodista llamado Farina (curiosamente el apellido de nuestro querido autor) que lo está entrevistando, entendemos, que en Paraguay. Entre ellas, por ejemplo, se plaguea de que en dicho país nadie se peleó (o se pelea) por las ideas, sino por la pigmentación del pañuelo; que este es un país de “analfabetos” que, por culpa de los colores, “cortaron cogotes y abrieron barrigas”; que por culpa de la rivalidad en el fútbol o en el partido político de turno nunca se pudo “mantener una convivencia armónica” en el país y, por lo tanto, la unión de todos los paraguayos; y que por culpa de la sacralización del color muchos “inútiles, incapaces, inservibles, torpes, pero astutos, arteros y tramposos” se adueñaron del país habiendo calentado o enfervorizado a la chusma.
En definitiva, este personajillo se plaguea ante el periodista, en general, del fanatismo reinante en el Paraguay. Después, este curioso narrador cuenta cómo, tratando de remediar la pésima situación del país, se afilió al partido del gobierno en funciones, y tras sortear muchos obstáculos y barreras, logró que se lo nombrase flamante ministro del interior. A partir de ahí, este ministro comenzó a actuar “con la serenidad de” un “espíritu superior” y con “la mano pesada”. Y tan pesada, amigo lector, pues este hombre que pensaba con gran prepotencia que estaba por encima del bien y del mal, mandó arrancar los ojos a algunos enemigos, y a otros o los hizo abandonar en lugares solitarios “estaqueados” “para que la naturaleza se encargara de ellos” o fusilar en el mejor de los casos. Da miedo pensar en quién pudiera haber sido en la realidad histórica dicho sujeto. En boca cerrada no entran moscas, hubiera dicho Sancho.
En el cuento Los pecadores del Vaticano se denuncia la indefensión y la desprotección de los ciudadanos cuando en la dictadura la policía o un miembro de la “ley” decide llevarse a un ciudadano injustamente o por capricho amparándose en el abuso de poder. Este cuento involucra flagrantemente a Milner Ortíz, un suboficial de policía de carácter ríspido y violento, hijo “de ramera y de falo de paso”, que se ennovia con una prostituta llamada Romualda Brítez, alias “Rumy”. En una ocasión, presa de los celos el “cachiporra” hace desaparecer a un joven cliente llamado Ramón con la impunidad de la ley en plena dictadura stronista. Nunca aparecerá jamás a pesar de los fallidos intentos de su sufrido padre por hallarlo, ya sea vivo o muerto.
En el cuento tragicómico que lleva por título Petit se expone el convulso Paraguay de 1954 y la muerte de un joven prometedor por parte de las fuerzas sublevadas del futuro dictador Stroessner. En cuanto al cuento intitulado Hay que entender el asunto, te diré, amigo lector, que es uno de los que más denuncia abiertamente las trapisondas de los políticos oficialistas de antaño y de hogaño. Este es otro de los cuentos que más cizaña y cicuta me han causado en mi interior, puesto que el protagonista es Luis Gonzaga, un joven economista que se acaba de graduar recientemente con medalla de oro y que se enfrenta a la búsqueda de su primer empleo deseando servir al país con justicia y honestidad.
Después de varios intentos infructuosos de hallar un empleo digno, se le ofrece la posibilidad, a través de un viejo amigo de su padre, el abogado Eudoro Damián Espinosa Gill, militante del partido colorín…, de entrar a trabajar en el Ministerio de Agricultura como un economista asistente junior en un programa de comercialización externa del algodón con fondos de la Organización Interamericana de Desarrollo (OID). El joven Luis, ilusionado y lleno de entusiasmo y felicidad radiante, acude a la entrevista con escrupulosa puntualidad. Al llegar a ella, carné del partido político de turno en su haber por si las moscas, el entrevistador, hecho cuerpo en la persona del ingeniero Basualdo, le exige que los fondos que se le entreguen procedentes del programa destinados al desarrollo agrícola del país o, en otras palabras, al programa de comercialización algodonera, se desvíen al partido, al ministro y sus colaboradores.
El joven idealista no se presta a ello, y sale de la oficina del funcionario oficialista y trapisondista sin despedirse ni mediar palabra. Bien, este es un cuento que coadyuva también a reflejar muy bien lo que está ocurriendo hoy en día en Paraguay en temas de corrupción, nepotismo e impunidad política. Poco o nada ha cambiado ni va a cambiar mientras no se arranque de raíz y de cuajo toda una estructura asentada en el engranaje del poder durante años desde antes de la dictadura, durante la dictadura y después de la dictadura.
En fin, ninguno de los cuentos de don Bernardo, amigo lector, tiene desperdicio. En todos ellos el autor vuelca su mejor ejercicio estilístico y trata de sacar partido a todos los recursos lingüísticos y literarios que da de sí la lengua española con sus distintas variantes discursivas con el fin de articular y construir toda suerte de personajes. Entre los recursos lingüísticos están el disfemismo y el eufemismo, respectivamente. Pongo, por ejemplo, el vocablo burdel, que se menciona en su primero cuento y que recibe la curiosa y herética denominación de Vaticano. El autor, como excelente profesor, periodista y académico que es, evita siempre la monotonía de estilo y de lenguaje en el uso del léxico, y se regodea en hacer referencia a dicho establecimiento pecaminoso con suma frecuencia, pero de modo diferente, con voces como “bolichito genital”, “distrito rojo”, “mercado libertino”, “tugurio (-s)”, “lupanar (-es)”, “antro (-s)”, “cuchitril”, etc.
Otros eufemismos léxicos que me gustaría destacar son los de “damiselas” para prostitutas, “cavidades acogedoras y generosas” para vaginas, “participación manual” para la práctica onanística o “rápida revolcada” para una rápida relación esporádica o transitoria. Incluso, don Bernardo da un paso ulterior en el empleo plástico y versátil de la lengua y produce algunos eufemismos en forma de locuciones verbales, como “producir la explosión de su virilidad emergente” en lugar de tener que decir “eyacular” o “para recibir las urgencias de los menganos” en lugar de decir “satisfacer las necesidades sexuales de los que persisten en los vicios insanos”. El último de los cuentos se llama El nombre de la muerte, y aunque no pierde su esencia política, se inclina más hacia el melodrama y hacia cierto neorromanticismo debido a un final impactante que compromete a dos de sus personajes claves: a Rogelio Fernández y a Arnulfo Agüero.
Bueno, para concluir, “Así nos va en Paraguay por culpa de estos políticos del oficialismo tradicional en el pasado en el marco de la historia del Paraguay y de los que han heredado su estilo, conducta, tretas y argucias en el presente”, parece ser, reitero, la tesis principal de don Bernardo, tesis que defiende a capa y espada con cuentos en los que no faltan el aderezo del humor, la sal de la comicidad, el adobo de la ironía, la vinagreta del sarcasmo, la pimienta del descontento, el tomillo de la desilusión, el curry de la resignación, el azafrán de la crítica acerba, el perejil del desgarro interior o la tapioca de la denuncia más altisonante. Y si en algo me aprecias, amigo lector, no dejes de conseguir el libro y reírte o llorar, o las dos cosas a la vez, con la lectura de estos cuentos de marras.


