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En alta mar, de Sławomir Mrożek

Amigo lector, deseo escribir en esta ocasión de una de las obras de teatro que más posibilidades ofrece de cara a la interpretación y a la proyección…

| Por José Antonio Alonso Navarro

Amigo lector, deseo escribir en esta ocasión de una de las obras de teatro que más posibilidades ofrece de cara a la interpretación y a la proyección de horizontes. Se trata de una pieza teatral del autor polaco Sławomir Mrożek (1930-2013). He escogido este autor porque creo que no tenemos que olvidarlo en un momento histórico donde el poder omnímodo y estatal se va maquillando cada vez más con otros perfumes y afeites con el fin de seguir manteniéndose activo y latente. Ahora se disfraza bajo los ropajes o ambages de “Nuevo Orden Mundial” o de “Nueva Agenda Global”.

Mrożek nos dejó una producción teatral invaluable donde nos recuerda permanentemente la conducta humana sometida a la alienación y al abuso de poder de regímenes totalitarios de cualquier índole, sobre todo, dos de ellos que lo afectaron vívidamente en su vida: el nacionalsocialista y el comunista. Recordemos que Polonia fue ocupada por el régimen nazi el 1 de septiembre de 1939 y dieciséis días después, el 17 de septiembre de ese mismo año, los soviéticos ocuparon Polonia bajo el gobierno de Stalin en el marco de un pacto de no-agresión entre Alemania y la Unión Soviética.

Este autor polaco se destacó en dos vertientes literarias, la de narrador y la de autor teatral; sin embargo, la que más me gusta a mí en particular es la de autor teatral y, quizá, entre el público sea más conocido por sus obras teatrales que por sus relatos. Su teatro puede encuadrarse dentro de lo absurdo, lo grotesco y lo surrealista, pero sin perder, en ocasiones, el gusto por el tono satírico.

En mi biblioteca me jacto de tener algunas obras teatrales suyas como La policía (1958), que fue representada en Nueva York en 1961, Tango (1964) y Los emigrantes, representada en el Teatro Viejo de Cracovia en 1975. Y hace escasamente unas semanas tuve la suerte de que la prestigiosa profesora e hispanista polaca Krystyna Pisera me regalase una de las obras más representativas de su teatro: En alta mar (1961), obra de la que voy a hablarte a continuación.

Para los lectores que deseen leer a Mrożek en español les voy a dar la feliz noticia de que ya en 1969 la editorial española Seix Barral tradujo algunas de sus obras al español, como su sátira El elefante, y la editorial Acantilado tradujo algunas obras narrativas suyas a partir de 2001, entre ellas Juego de Azar (2001), El pequeño verano (2004) o Huida hacia el sur (2008).

Mrożek coquetea en su teatro con ideas existencialistas, como suele ser característico en el teatro del absurdo, y con un discurso tan irracional como ilógico elaborado con una argumentación lógica. Además, el teatro de Mrożek tiene algunas concomitancias con algunos autores como Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Harold Pinter, Tom Stoppard, Fernando Arrabal, Tadeusz Różewicz, Tadeusz Kantor, Jean Tardieu o Jean Genet, entre otros, puesto que en las obras de estos autores el ser humano, en ocasiones, está dominado o amenazado por fuerzas externas invisibles, están atrapados en situaciones de peligro extremas o incomprensibles, toman decisiones sin sentido, manifiestan un discurso caracterizado por una “falsa razón” que puede hacer referencia a un discurso político hegemónico o totalitario, y buscan provocar una reacción en el lector o en el espectador en una atmósfera a caballo ente lo circunspecto y grave y lo cómico y satírico. Esto es justamente lo que puede encontrarse en las obras teatrales de este autor polaco. Sin embargo, el mensaje (o mensajes) contenidos en el teatro del absurdo no está revestido de pesimismo o desesperanza, sino que este, más bien, parece ser en realidad una invitación o una propuesta a aceptar el absurdo de la condición humana tal cual es, y a padecerla con cierta dignidad y “noble” resignación. Esto se aprecia claramente al final de En alta mar.

En el teatro del absurdo, como en las obras de Mrożek, el hombre está solo en un mundo (y en un universo) que permanece ajeno a sus problemas, y solo, completamente solo ha de enfrentarse a un mundo absurdo y sin sentido. El teatro del absurdo, no obstante, permite que cada espectador o lector extraiga sus propias conclusiones en un entorno influido por las ideas existencialistas de Camus (El mito de Sísifo: Le Mythe de Sisyphe, de 1942) o de otros existencialistas donde la existencia humana carece de sentido y es absurda.

Y seguramente, amigo lector, te estarás preguntando con cuál de los autores mencionados anteriores se vincula más Mrożek. Yo creo sinceramente que con Ionesco. ¿Y sabes por qué? Porque Ionesco siempre fue consciente de los crímenes atroces cometidos tanto por el nacionalsocialismo como por el comunismo, al igual que Mrożek. De hecho, en la obra teatral Rinoceronte (1959), de Ionesco, se critica, de modo especial, el conformismo nocivo e irreflexivo de la masa que puede llevar al ascenso al poder de regímenes políticos autoritarios como el fascismo o el nazismo.

En alta mar se observa una crítica al discurso totalitario e ilógico (pero revestido de lógica argumentativa) cuyo fin último es manipular al individuo, despojarlo de su libertad, y conducirlo a su (auto)destrucción final. En alta mar se cuenta la historia de tres náufragos que viajan juntos en un bote que ha quedado a la deriva: El náufrago gordo, el náufrago mediano y el náufrago pequeño. Tras un tiempo sin comer, el náufrago gordo propone que uno de los náufragos ha de ser sacrificado para que los dos restantes coman y sobrevivan. Ante la imposibilidad de elegirse uno de ellos democráticamente, el náufrago gordo, apoyado por el náufrago mediano, decide sacrificar al náufrago pequeño.

Este último se resistirá a ello inicialmente, pero, al final, accederá a ser sacrificado por sus dos compañeros en nombre de la “verdadera libertad”. Si pensamos en la teoría de la Fusión de Horizontes propuesta por Gadamer en el contexto de la Hermenéutica, no hay duda de que esta pieza teatral puede interpretarse de tantas maneras como lectores haya.

Cada uno de ellos, evidentemente, desde su atalaya cultural, cosmovisión del mundo y sentido de la realidad. Sin embargo, no hay duda de que la obra aborda alegóricamente el poder omnímodo, el abuso de poder, la dominación desde el poder, el significado de la libertad individual, la manipulación a través del discurso, el poder colectivo frente al individuo aislado y solo y la corrupción y el engaño en las esferas del poder.

Desde una crítica al totalitarismo del comunismo la obra podría poner de relieve el antagonismo entre la clase hegemónica, elitista, totalitaria y partidista en las filas del partido comunista y la auténtica y genuina clase proletaria. En este sentido el náufrago gordo, que miente flagrantemente acerca de su origen, es, en realidad, un miembro de la nobleza que posee el título de conde y posee un lacayo a quien llega a negar en un momento de la obra. En todo momento el náufrago gordo hace ostentación de un discurso lleno de grandilocuencia y repleto de falacias y argumentos grotescos (pero revestidos con la “razón lógica”) que gira en torno al concepto de colectividad, concepto este muy ligado al discurso hegemónico de la élite comunista, y que aquel utiliza en beneficio propio para convencer al náufrago pequeño de que acepte ser sacrificado.

Este concepto de la “colectividad” que aparece en la obra de Slawomir Mrożek me ha recordado unas palabras que dijo Vladimir Mayakowski en un poema dedicado a Lenin: “El individuo no significa nada, el Partido sí lo es todo”. El náufrago mediano es solamente un “mediocre” que, sin juicio crítico ni pensamiento reflexivo, sigue las consignas del náufrago gordo a lo largo de toda la obra y apoya sin ningún criterio propio la decisión (o decisiones) del náufrago gordo.

El náufrago pequeño, que es hijo de un humilde empleado de oficina, parece simbolizar a la clase trabajadora que se ve obligada a someterse a las decisiones de la cúpula del poder, pero también representa al individuo solo, aislado, condenado a ser sacrificado en pro de la colectividad, tal como pensaban las elites comunistas. Algunos elementos dentro del absurdo de esta obra En alta mar pueden hallarse en la argumentación de un discurso en apariencia altisonante, rimbombante y pomposo, típica de los discursos de los regímenes totalitarios, que es incongruente e incompatible con el sentido común y la lógica, y en la aparición casi ex machina de personajes secundarios, como el lacayo y el cartero, que aparecen de la nada y desaparecen en ella tal como aparecieron, creándose así una cierta sensación grotesca y empañada de surrealismo.

Esta repentina distorsión de la realidad invita a dudar de la realidad misma y a cuestionar tanto el poder como los discursos que lo sustentan y lo mantienen en pie. Foucault hubiera visto en esta pieza teatral no solamente la dominación del colectivo y de la masa acrítica sobre el individuo común y el abuso de poder de dos sujetos contra uno, sino una relación de micropoderes en un microclima representado por el mar. En la concepción de Foucault los micropoderes son esas relaciones de poder pequeñas que coexisten en la sociedad o en la vida social, y que sirven para reprimir o reprender la conducta de los individuos algunas veces, y para crear saberes y verdades, otras.

Estos pequeños poderes capilares conforman el basamento de estructuras de poder más grandes y hegemónicas, y suelen ser imperceptibles para la conciencia. Además, los saberes y verdades de dichos micropoderes conllevan un poder que se enmarca en la relación tripartita poder-saber-verdad. Por lo tanto, la obra de Mrożek puede interpretarse como una relación de micropoderes entre el náufrago gordo y los otros dos náufragos: el mediano y el pequeño, o, si se quiere, una relación de micropoderes que nos recuerda esa relación entre amo y lacayos, noble y plebeyos, líder político y la masa, señor feudal y siervos de la gleba, patricio y esclavos, patrón y obreros, jarl y thralls (en la jerarquía vikinga), etc. No obstante, estos micropoderes, como apunta también Foucault, pueden estar sujetos a la resistencia como un componente que permite la inversión de la relación de dominación. En el marxismo clásico sería la revolución del proletariado.

En la obra del autor polaco se genera cierta resistencia al principio, pero esta no completa su círculo de vida (principio-fin), sino que se ve sofocada al final de la obra por el náufrago pequeño, que es quien sufre el abuso de poder por sus compañeros de periplo. El náufrago pequeño decide autosacrificarse como una manera de conservar lo único que posee que es inmaterial y no forma parte del sustrato de la realidad: su dignidad. Pero esta es una dignidad falsa que emerge de su situación de indefensión (porque nada puede hacer para evitar su muerte), y se deriva de su rendición como individuo, no como colectivo. El náufrago pequeño está solo ante el poder totalitario en medio del mar y en medio de la nada. Este se halla frente a un poder absoluto y omnímodo contra el que no puede haber (ni hay) ningún tipo de resistencia.

El náufrago pequeño es el individuo que asume el vacío de una existencia determinada por un poder granítico y la vacuidad e inutilidad de toda lucha contra un poder descomunal en ese momento simbolizado en la figura del náufrago gordo. Y la libertad que proclama o de la que habla el náufrago pequeño quizá no exista realmente. Ni siquiera sería esa libertad negativa de la que habla Fromm en El miedo a la libertad (1941). Este autor se refiere a la libertad negativa como la liberación de convenciones sociales externas. En otras palabras, la libertad de un individuo X depende de un individuo autoritario Y que restringe la libertad de X, el cual trata de mantenerla luchando contra Y. La libertad positiva no depende de nadie, sino de la libre voluntad de uno mismo. En este sentido, es el propio individuo quien determina su destino. En alta mar el náufrago pequeño no determina su destino ni es dueño de sus propias acciones.

El diálogo y la argumentación aparentemente lógica de El alta mar me ha hecho recordar, por otra parte, La dialéctica de la razón, una obra filosófica de crítica social en el marco de la Teoría Crítica que fue escrita por dos miembros relevantes de la Escuela de Frankfurt en 1944: Theodor Adorno y Max Horkheimer. Una de las tesis de ambos autores es que la razón, en lugar de utilizarse como un instrumento para conducir a la paz, a la tolerancia, al cambio social, al bienestar y progreso social, etc. se habría utilizado en los regímenes totalitarios como un instrumento o mecanismo de dominio, control y manipulación del ser humano. En este caso se habría impuesto una razón dominante a manos de una autoridad absoluta o de un poder estatal totalitario.

Este libro fue publicado en un contexto mundial de guerra, muerte, violencia y odio y posterior al ascenso de ideologías extremistas como el fascismo, el nazismo y el comunismo. Imagínate, mi querido lector, la razón justificando el mal, la muerte, el odio, la guerra, el antisemitismo, la superioridad de una razón, el exterminio de millones de personas; la razón puesta al servicio de los intereses de poderes fácticos opresores o de sistemas autoritarios donde la vida humana no valdría nada.

Hablaríamos de una razón destinada a crear no individuos críticos y pensantes, sino individuos “unidimensionales” (Herbert Marcuse), acríticos, de cerebros planos, pasivos, dominados, aislados, solitarios e individualistas, sin capacidad de crear, innovar o transformar nada. Obviamente para estos regímenes totalitarios sería el ciudadano perfecto e ideal. Este parece ser el caso del náufrago pequeño, el cual, finalmente, es sometido por una razón destinada a conducirlo al sacrificio sin posibilidad ni de redención ni de liberación.

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