La psicóloga Patricia María Colmán explicó que, aunque prácticamente todas las personas los experimentan en algún momento, suelen aparecer con mayor frecuencia durante períodos de estrés, ansiedad, agotamiento físico o mental, falta de sueño y cambios importantes en la vida. También pueden presentarse en personas con trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) o trastorno por estrés postraumático (TEPT).
Según la profesional, el malestar puede aumentar cuando una persona interpreta que tener un pensamiento desagradable significa que algo malo va a ocurrir o que realmente desea hacerlo. Esto puede generar miedo, culpa o vergüenza y llevar a intentar eliminar la idea, comprobar repetidamente una situación, buscar tranquilidad en otras personas o evitar determinados lugares y personas. Sin embargo, estas reacciones pueden reforzar la preocupación y hacer que el pensamiento vuelva con más frecuencia.
Los pensamientos intrusivos suelen ser involuntarios, contrarios a los valores o deseos de la persona y repetitivos. Algunos ejemplos son pensar que se podría lastimar a alguien, temer haber dejado la hornalla encendida o preocuparse por contraer una enfermedad y contagiar a la familia. En ese sentido, aclaró que tener un pensamiento no significa querer hacerlo ni que vaya a convertirse en realidad.
La psicóloga también advirtió sobre la creencia de que pensar en algo equivale a hacerlo o desearlo. Intentar bloquear una idea puede provocar el efecto contrario; es decir, cuanto más se intenta no pensar en algo, más puede volver a la mente. Por eso, recomendó aprender a observar estos pensamientos sin luchar constantemente contra ellos.
Una de las estrategias de la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la defusión cognitiva, que consiste en cambiar la manera de relacionarse con el pensamiento. Por ejemplo, en lugar de decir “Voy a perder el control”, se puede reconocer “Estoy teniendo el pensamiento de que podría perder el control”. Colmán propuso imaginar las ideas como nubes que pasan por el cielo o vehículos que circulan por una autopista, sin necesidad de detenerlos.
Otra herramienta es cuestionar las interpretaciones negativas mediante preguntas como “¿Tener este pensamiento me convierte en una mala persona?” o “¿Qué pruebas reales tengo de que esto vaya a ocurrir?”. La intención es recordar que una idea involuntaria no define el carácter ni demuestra que algo sucederá.
La especialista también mencionó una técnica que consiste en reconocer los pensamientos que generan ansiedad y aprender a tolerar la incertidumbre sin buscar respuestas o tranquilidad de inmediato. Así, la ansiedad puede disminuir por sí sola. Esta práctica debe adaptarse a cada persona, preferentemente con ayuda profesional.
Otra opción es el ejercicio de anclaje sensorial 5-4-3-2-1, que ayuda a dirigir la atención al presente. Consiste en identificar cinco cosas que se pueden ver, cuatro que se pueden tocar o sentir, tres sonidos, dos olores y un sabor.
Colmán recordó que aprender a manejar los pensamientos intrusivos requiere práctica y paciencia. Si estas ideas interfieren significativamente en la vida cotidiana o provocan un malestar intenso, recomendó buscar acompañamiento de un profesional especializado en terapia cognitivo-conductual, que pueda ofrecer herramientas adaptadas a las necesidades de cada persona.

