Hablar con los vecinos se convirtió en una interacción socialmente ambigua que muchos prefieren evitar. El psicólogo Elías Paredes explicó que esta figura genera incomodidad porque no se trata de un amigo elegido, pero tampoco de un desconocido, sino de alguien con quien existe una convivencia forzada. Esta dinámica, señaló, genera presión al no existir reglas claras sobre los límites de la confianza o la obligación de iniciar una conversación.
El profesional detalló que este fenómeno tiene un fuerte componente generacional. Mientras los baby boomers y la generación X todavía conservan el hábito del “buen vecino”, los millennials valoran más su privacidad y tienden a ser reservados. Por su parte, la generación Z carece de herramientas para iniciar vínculos presenciales, ya que crecieron socializando a través de pantallas.
Sin embargo, esta barrera no significa que las nuevas generaciones rechacen relacionarse, sino que las formas de establecer vínculos cambiaron. Paredes indicó que la proximidad física dejó de ser un factor suficiente para generar comunidad. Décadas atrás, acciones cotidianas como pedir prestado azúcar o sentarse a tomar tereré en la vereda propiciaban el contacto natural. Hoy, dos personas pueden compartir el mismo edificio durante años y limitar su relación a saludos de ascensor.
El especialista afirmó que la concepción del espacio personal se transformó radicalmente. El barrio dejó de ser una extensión de la casa para dar paso a un hogar que funciona como un refugio hermético frente al estrés del mundo exterior. Tras la jornada laboral, conversar con un vecino implica reactivar una demanda de interacción social que la mayoría busca apagar al cruzar su puerta.
Los avances tecnológicos consolidaron este aislamiento. Paredes mencionó que aplicaciones de delivery resuelven necesidades sin tener que salir a la calle, y los grupos de WhatsApp de consorcios canalizan la comunicación vecinal sin requerir el trato cara a cara.


