El amor, el deseo sexual y la exclusividad no representan exactamente lo mismo. El especialista explicó que estar enamorado no elimina de forma automática la atracción hacia otras personas, sino que la clave reside en qué se hace con ese deseo y cuáles son los acuerdos establecidos en el vínculo.
El profesional señaló que una persona puede amar profundamente a su pareja y, aun así, engañarla. Sin embargo, aclaró que este hecho no justifica la infidelidad ni minimiza el dolor provocado, ya que romper un pacto de exclusividad implica una responsabilidad ineludible, más allá de que los sentimientos sigan intactos.

En ese sentido, dijo que resulta vital diferenciar entre sentir atracción y consumar una traición. En una relación monógama, indicó, la exclusividad no exige dejar de mirar a otros, sino fijar límites claros sobre el comportamiento. Estos límites varían drásticamente, ya que para algunas parejas la deslealtad comienza con el sexo, mientras que para otras abarca desde besos y sexting hasta relaciones emocionales mantenidas en secreto.
Lezcano desmintió la idea generalizada de que toda infidelidad ocurre porque “algo faltaba en la pareja”. Entre los factores reales detrás de una transgresión, mencionó la búsqueda de nuevas experiencias, la necesidad de sentirse atractivo, el enojo, la insatisfacción personal o, simplemente, la oportunidad del momento.
Cuando el engaño sale a la luz, el impacto es devastador. El experto afirmó que el sufrimiento surge no solo por el hecho en sí, sino por el trauma de descubrir una faceta oculta del compañero, lo cual golpea la seguridad personal y dinamita la base de la relación.
Para quienes deciden continuar juntos tras una crisis de esta magnitud, advirtió que perdonar no equivale a recuperar la confianza de inmediato. Reconstruir el vínculo, concluyó, exige asumir la culpa, dialogar abiertamente sobre las vulnerabilidades de ambos y demostrar un cambio genuino con acciones sostenidas en el tiempo.
¿QUÉ DICE LA CIENCIA?
La antropóloga biológica Helen Fisher, investigadora del Instituto Kinsey, comprobó a través de escáneres cerebrales que el ser humano no procesa el amor como un sentimiento único. La evolución nos dotó de tres circuitos neurológicos distintos para la reproducción, y cada uno funciona con su propio “combustible” químico:
El impulso sexual (motor de búsqueda): Impulsado por la testosterona, es el deseo físico básico. Su función biológica es motivarnos a salir y buscar parejas en general, sin exclusividad.
El amor romántico (fijación): Inundado de dopamina, es la etapa de la pasión intensa. Este circuito obliga al cerebro a concentrar toda su energía y atención en una sola persona.
El apego (unión a largo plazo): Mediado por la oxitocina (la hormona del abrazo), genera calma, seguridad y cariño. Su propósito biológico es mantener a las parejas unidas a lo largo del tiempo.
El dilema surge cuando estos mecanismos chocan. Según Fisher, la dificultad está en que dichos circuitos neuronales actúan de forma prácticamente autónoma y pueden ser desencadenados por distintas personas. En consecuencia, desde una perspectiva neurológica, resulta factible conservar un lazo de afecto genuino e intenso hacia la pareja (activando el sistema de apego) mientras surge una fuerte atracción hacia alguien más (estimulando el impulso sexual).
Para la neurociencia, amar a alguien y desear a otra persona en simultáneo no es una contradicción, sino el resultado de un cerebro que evolucionó con sistemas divididos.

