La trampa del “cuerpo ideal” y el riesgo de postergar la vida por el peso soñado

El deseo de modificar nuestra apariencia no siempre es un problema de autoestima. Sin embargo, la psicóloga Fiorella Resquín advierte sobre la principal señal de alerta: cuando condicionamos nuestra felicidad, aceptación personal y vida cotidiana para la obtención de un “cuerpo ideal”.

| Por La Tribuna
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Cambiar el cuerpo no siempre cambia la forma en que nos vemos ni cómo nos sentimos. Foto: “Insatiable”.

Querer cambiar algo de nuestro cuerpo no significa necesariamente tener un problema de autoestima. La diferencia está, según explicó la psicóloga Fiorella Resquín, en el lugar desde donde nace ese deseo. La señal de alerta aparece cuando sentimos que necesitamos modificar nuestra apariencia para poder aceptarnos, sentirnos suficientes o empezar a disfrutar de nuestra vida.

“Cuando pensamos que no podemos usar determinada ropa hasta bajar de peso, que no podemos salir en una foto porque no nos gusta nuestro cuerpo o que seremos felices cuando tengamos otro cuerpo”, señaló la profesional, ya no se trata solamente de una elección estética sino del malestar emocional que comienza a condicionar la vida cotidiana.

A esto se suma una sociedad que constantemente presenta determinados cuerpos como sinónimo de belleza, éxito, disciplina e incluso felicidad. Para Resquín, es fácil terminar asociando nuestro valor personal con nuestra apariencia y creer que, al conseguir cierto cuerpo, finalmente llegará la seguridad que estamos buscando.

Puede ocurrir que después de un cambio físico exista una satisfacción momentánea, pero si la inseguridad de fondo no fue trabajada, esa sensación puede durar poco. La especialista explicó que muchas veces buscamos en el cuerpo una solución para emociones que necesitan otro tipo de atención.

También aparece lo que la psicóloga define como una especie de “promesa de futuro”, como pensar que ahora no estamos bien, pero que cuando logremos determinado objetivo finalmente podremos sentirnos bien y es ahí que el cuerpo termina convirtiéndose en una condición para permitirnos vivir.

Bajo esa lógica, podemos postergar salir, enamorarnos, sacarnos fotos, ir a la playa, usar determinada ropa o simplemente sentirnos cómodos con nosotros mismos. El problema es que siempre puede aparecer un nuevo “cuando” como “cuando baje cinco kilos más”, “cuando cambie otra parte de mi cuerpo”, “cuando me vea de determinada manera”; eso hace que la felicidad quede siempre un poco más adelante.

Resquín advirtió que cambiar el cuerpo no necesariamente modifica la manera en que lo percibimos ni la relación que tenemos con nosotros mismos. Si una persona aprendió a mirarse desde la crítica, puede bajar de peso y comenzar a cuestionar otra parte de su cuerpo e incluso después de una cirugía puede encontrar un nuevo defecto.

Esto no significa que el cambio realizado haya estado mal, sino que el conflicto quizá nunca estuvo únicamente en esa parte del cuerpo. Cuando la autoestima depende demasiado de la apariencia, la meta puede moverse constantemente y hacer que nunca parece suficiente.

Por eso, antes de tomar una decisión sobre nuestro aspecto, la profesional propone hacernos algunas preguntas: si pudiera aceptar mi cuerpo tal como es hoy, ¿seguiría queriendo hacer este cambio? ¿Qué espero obtener después de modificarlo? La respuesta también puede revelar si buscamos algo meramente estético o si, en realidad, esperamos sentirnos queridos, suficientes, seguros, deseables o finalmente felices.

“Cada persona tiene derecho a decidir sobre su apariencia. Lo importante es que esa decisión nazca desde la libertad y no desde el rechazo hacia uno mismo. Podemos querer cambiar nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, aprender a respetarlo, una cosa no debería depender de la otra”. Fiorella Resquín, psicóloga.

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