La necesidad de ser más linda que otra mujer puede esconder más que vanidad

Buscar lucir bien no tiene nada de malo en sí mismo. Sin embargo, el inconveniente surge cuando la propia valía personal empieza a depender de percibirse superior a las demás en términos de belleza, juventud, arreglo o deseo. La psicóloga Rocío Muñoz explicó que esta urgencia por destacar suele responder a un anhelo más profundo enfocado en hallar aceptación, seguridad y reconocimiento.

| Por La Tribuna
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La autoestima puede verse afectada cuando la apariencia se convierte en una medida de nuestro valor. Foto: película “Sexy por accidente”

Compararnos es una conducta humana, pero se vuelve problemática cuando nuestra autoestima comienza a depender de ocupar una posición superior frente a otra persona, explicó Rocío Muñoz, psicóloga. En esos casos, detrás de la preocupación por la apariencia puede existir miedo a no ser suficiente, temor a ser reemplazada o una necesidad constante de aprobación.

Desde el enfoque sistémico, la especialista señaló que esta conducta no puede analizarse de manera aislada. Es necesario observar los sistemas de los que forma parte una persona, como la familia, la pareja, las amistades y el contexto social y cultural.

Los primeros mensajes pueden aparecer incluso dentro de la familia, con comentarios aparentemente inocentes como “qué linda sos cuando estás flaca”, “esa chica es mucho más arreglada” o “tenés que cuidarte porque ya estás grande” pueden transmitir, sin intención, la idea de que el valor de una mujer está relacionado con su apariencia.

A esto se suman los patrones relacionales, ya que la comparación puede mantenerse porque el entorno refuerza determinados estándares, recibimos aprobación cuando creemos que los cumplimos y sentimos inseguridad cuando pensamos que no llegamos a ellos.

La competencia femenina trasciende la belleza e incluye áreas como maternidad, pareja o éxito profesional. Frecuentemente, esta rivalidad surge de exigencias culturales aprendidas que nos llevan a percibir a otras mujeres como competidoras.

Por eso, no basta con decir “no seas vanidosa” o “dejá de compararte”; es necesario comprender qué función cumple esa necesidad de sobresalir. Una pregunta que puede ayudar a mirar el problema de otra manera es: “¿qué siento que pierdo si ella es más linda que yo?”. La respuesta puede revelar inseguridad, miedo al rechazo, necesidad de aprobación o una sensación de no ser suficiente.

La profesional también diferencia entre cuidar nuestra imagen y buscar validación a través de ella. Maquillarse, arreglarse, vestirse bien, sentirse linda o cuidar el cuerpo no representa un problema. El conflicto aparece cuando nuestra tranquilidad depende constantemente de compararnos y sentir que estamos por encima de otra persona.

Desde la terapia sistémica, explicó Muñoz, se busca ampliar la mirada y no observar únicamente “el problema de la persona”, sino también las relaciones y contextos que mantienen esa conducta. Cambiando la comparación por el reconocimiento, la belleza, el éxito o la atención ajenos no reducen el valor ni la importancia propios.

La verdadera seguridad no consiste en sentirnos mejores que los demás, sino en reconocer nuestro propio valor sin necesitar compararnos. Porque cuando necesitamos ser más que otra para sentirnos suficientes, la competencia deja de estar afuera y comienza a convertirse en una lucha interna.

¡No lo olvides!

La comparación nace de la inseguridad, el miedo al rechazo o la necesidad de aprobación, estos patrones se aprenden desde la infancia y se extienden a la pareja, la maternidad y el ámbito profesional. Pero el problema surge cuando la apariencia define nuestro valor y lo importante es sentirse bien sin buscar superar a otras.

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