Según algunos hombres, una infidelidad puede ser juzgada de manera diferente dependiendo de quién la cometa. En algunos hombres, esta contradicción se manifiesta cuando justifican su propio engaño a partir del contexto, pero consideran imperdonable que su pareja haga lo mismo. Argumentos como el estrés, la falta de cariño o la idea de que “solo fue sexo” pueden utilizarse para reducir la responsabilidad sobre la conducta.
Cuando el engaño proviene de la pareja femenina, ese criterio puede cambiar, dejando de tener importancia, y la infidelidad pasa a ser interpretada como una falta grave, una traición o incluso un ataque personal. Esta doble vara puede funcionar como una manera de proteger el orgullo y mantener una imagen positiva de uno mismo, aplicando reglas distintas según quién haya cometido la falta.
La dificultad para aceptar una infidelidad también puede estar relacionada con la autoestima y con la manera en que algunos hombres construyen su valor personal, porque cuando este depende en gran medida de la aprobación de los demás y de la imagen de control que proyectan, descubrir que su pareja eligió a otra persona puede sentirse como una humillación y no solamente como una crisis de pareja.
A esto se suman los modelos de masculinidad aprendidos desde la infancia. Según Bogado, una persona crece en un entorno donde se asocia la hombría con dominar, controlar, no mostrar debilidad o considerar a la pareja como una posesión, y la infidelidad puede percibirse como un golpe directo a su identidad. Estos aprendizajes pueden favorecer respuestas marcadas por la ira, el rechazo o el corte definitivo.
Sin embargo, estas formas de pensar no son definitivas, ya que al trabajar este tipo de conductas en terapia puede ayudar a analizar las ideas rígidas relacionadas con el control, la masculinidad y las relaciones. Según Bogado, se permite un mejor manejo de las emociones y se aprende a procesar el dolor de una traición desde una perspectiva que priorice la igualdad, la comunicación y el respeto mutuo.


