Desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), esto puede entenderse como una sobregeneralización, una distorsión que convierte una experiencia particular en una regla general. Por ejemplo, alguien que sufrió una infidelidad puede concluir que todas las parejas son infieles. “El problema no es el aprendizaje que deja la experiencia, sino que una situación puntual termine definiendo toda la realidad”, señala el profesional.
Las decepciones pueden llevarnos a pensar cosas como “todos son iguales” o “nadie es confiable” para protegernos del dolor y evitar volver a sufrir. Según el especialista, estas ideas aparecen cuando generalizamos una mala experiencia, vemos las situaciones de manera extrema y prestamos más atención a lo que confirma lo que pensamos, dejando de lado aquello que podría demostrar lo contrario.
Servín describe los prejuicios como atajos mentales para interpretar el mundo. Aunque todos los tienen, el problema surge cuando reemplazan la realidad. Las experiencias previas actúan como lentes que aumentan la sospecha en nuevas relaciones, exagerando riesgos y opacando lo positivo.
El entrevistado explicó que identificar conductas repetidas puede ayudarnos a detectar señales de alerta y tomar mejores decisiones. La dificultad aparece cuando pasamos de pensar “esto me recuerda a una experiencia anterior” a asumir “seguramente esta persona hará exactamente lo mismo”. Reconocer un patrón requiere observar y evaluar, generalizar significa llegar a una conclusión antes de tener suficiente evidencia.
Sacar conclusiones apresuradas, sentir desconfianza inmediata o asumir intenciones negativas en alguien que recién se conoce son señales de estar proyectando vivencias pasadas. Frases como “ya sé cómo son” o “esto siempre termina igual” reflejan esta actitud.
Desde el punto de vista clínico, el psicólogo señaló que en estos casos la persona puede estar reaccionando más a recuerdos, emociones y experiencias anteriores que a los hechos actuales. La proyección ocurre cuando características o emociones asociadas a situaciones del pasado son atribuidas automáticamente a alguien nuevo, sin suficientes evidencias.
Por eso, para Enrique Servín, la diferencia está en la flexibilidad, una persona puede mantenerse alerta frente a posibles señales de riesgo y, al mismo tiempo, estar abierta a descubrir que la nueva situación es diferente. La clave está en observar la realidad presente y permitir que cada persona sea valorada por sus propios actos, sin convertir una experiencia dolorosa en una regla para todas las relaciones.


