Durante la ruptura emergen simultáneamente estados de confusión, ansiedad y autoexigencia, llevando al adolescente a cuestionar su propio valor personal. Al respecto, Ortiz explicó que las preguntas constantes sobre qué se hizo mal forman parte del intento de asimilar la pérdida, por lo que la actitud de la familia resulta determinante para evitar la fijación de sentimientos de culpa.
Para ofrecer un soporte efectivo, la profesional recomendó adoptar una postura de presencia no invasiva, priorizando la escucha por sobre las recomendaciones constantes. Frases orientadas a legitimar el sufrimiento e informar la disponibilidad del adulto permiten crear un entorno seguro donde el joven pueda manifestar su angustia sin temor a recibir juzgamientos.
Asimismo, la experta sostuvo la importancia de incentivar progresivamente la continuidad de las rutinas, los proyectos personales y el contacto con los grupos de pares. Acompañar el duelo afectivo no implica evitar la vivencia del dolor, sino velar por su evolución saludable sin desestabilizar los espacios cotidianos de desarrollo.
Ortiz concluyó que el primer desamor puede transformarse en una instancia valiosa de aprendizaje y autoconocimiento. Con el respaldo familiar adecuado, el adolescente descubre sus propios recursos emocionales para superar la adversidad, adquiriendo una mayor madurez para entablar futuros vínculos afectivos desde el autorrespeto.


