El llamado “bebé soñado” es la representación mental que los padres construyen de su hijo antes de que nazca. La psicoterapeuta Noelia Castillo mencionó que no se trata de una fantasía, sino de un proceso que puede ayudar a generar expectativas y comenzar el vínculo afectivo durante el embarazo, ya que esta imagen se construye a partir de la propia historia infantil, la forma en que cada persona fue criada, aquello que desea repetir o evitar.
Imaginar al bebé también puede cumplir una función adaptativa durante el embarazo, donde el período de gestación está marcado por la incertidumbre sobre cómo será el hijo, cómo será el parto y cómo cambiará la vida familiar, por lo que proyectar una imagen permite anticipar mentalmente esa nueva etapa y favorecer el apego prenatal ayudando a los futuros padres a prepararse psicológicamente para asumir un nuevo rol.
El problema no aparece por idealizar al bebé, sino cuando esa imagen se vuelve rígida y deja poco espacio para la sorpresa o las diferencias. La distancia entre el hijo imaginado y el hijo real puede hacerse difícil cuando aparecen situaciones inesperadas, como la prematurez, dificultades en la lactancia, un temperamento diferente al esperado o determinadas condiciones del desarrollo.
Esta diferencia también puede generar frustración, culpa y ansiedad, cuando la crianza real no se parece a lo que una persona había imaginado, pudiendo interpretar esa distancia como un fracaso personal y pensar que no está siendo la madre o el padre que esperaba ser, por lo que puede resultar más difícil identificar las necesidades y señales reales del bebé cuando se mantiene como referencia una imagen ficticia.
Para atravesar esta diferencia, puede ser útil reconocer de manera explícita la fantasía que existía antes del nacimiento y hablar sobre ella con la pareja, en terapia o dentro de espacios de acompañamiento. Decir “yo imaginaba que sería así” permite reconocer la pérdida de una expectativa sin convertir esa frustración en un juicio sobre la propia capacidad para criar.
Otro aspecto importante es reemplazar las expectativas abstractas por información concreta sobre el bebé real. Conocer sus ritmos, su temperamento y sus particularidades permite observar quién es ese niño en lugar de compararlo permanentemente con la imagen que se había construido antes de su nacimiento.
Según Castillo, una de las claves es desarrollar curiosidad en lugar de expectativa, además de validar al hijo sin compararlo con otros bebés o niños, ya que el objetivo no es que el niño cumpla con una imagen previa, sino que los adultos puedan responder de manera sensible a sus señales reales y permitir que el proceso de adaptación ocurra de manera gradual también puede ayudar a construir un vínculo con el hijo real y no con el niño de fantasía.


