Cuando los hijos adultos se independizan y dejan de necesitar a sus padres como antes puede aparecer un proceso de duelo conocido como “síndrome del nido vacío”. La psicóloga clínica explicó que representa una pérdida real de roles y actividades cotidianas que durante años fueron parte de la vida de los padres. Por eso, aceptar el cambio puede sacudir estructuras emocionales, sociales y biológicas.
Asimismo, la especialista remarcó la necesidad de transformar la función paterna y materna, se debe evolucionar desde el control, la dirección y la protección activa hacia una labor centrada en el acompañamiento, la consulta y la contención emocional. Esta transición resulta habitualmente compleja, en especial cuando los progenitores perciben que las elecciones de sus hijos son erróneas.
Otro desafío aparece cuando los hijos adultos comienzan a poner límites. Armoa señaló que los padres pueden sentirlo como rebeldía, falta de respeto o desamor, aunque en realidad es un paso necesario para que el hijo construya su propia vida y cuide su salud mental.
La diferencia entre acompañar y controlar está en la intención, ya que el control busca modificar el resultado de las decisiones del hijo y el acompañamiento busca sostenerlo sin importar cuál sea ese resultado.
Para construir esta nueva relación, la entrevistada destacó varias herramientas, como validar las emociones del hijo sin juzgarlas ni minimizarlas, practicar la disciplina positiva, con límites firmes, pero desde la calidez y el respeto, y desarrollar una escucha activa, prestando atención sin interrumpir ni dar consejos de inmediato.
También recomendó validar el punto de vista del hijo antes de opinar, comunicarse desde la empatía y evitar etiquetas negativas. A esto se suma la autorregulación parental, que permite controlar la ira o frustración antes de reaccionar, y mostrar una adecuada gestión emocional durante los conflictos.
Armoa sostuvo que este proceso no ocurre automáticamente. Los padres necesitan desaprender conductas arraigadas durante décadas, trabajar en su propia historia familiar y desarrollar paciencia. El desafío no es dejar de ser padres, sino aprender a ejercer ese rol de una manera diferente cuando los hijos ya son adultos.


