Las vitaminas del complejo B cumplen funciones esenciales en el organismo y algunas están directamente implicadas en el sistema nervioso. Entre las más relevantes se encuentran la B6, el folato (B9) y la B12, que intervienen en procesos relacionados con la producción y el metabolismo de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, asociados al estado de ánimo, la energía y el funcionamiento cerebral.
Gómez subrayó la importancia de la vitamina B1, necesaria para el correcto aprovechamiento de la energía a nivel celular. Aun así, aclaró un punto clave, no existe una “vitamina de la felicidad”, el estado de ánimo es el resultado de una combinación compleja de factores biológicos, psicológicos y sociales.
En este contexto, la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que habitan el intestino, cobra relevancia por su participación en el llamado eje intestino-cerebro, un sistema de comunicación bidireccional que puede influir en distintos procesos del organismo, incluido el bienestar general.
Según la nutricionista, mantener una microbiota equilibrada no es una solución directa a problemas como la ansiedad o el estrés, pero sí puede favorecer un mejor funcionamiento global del cuerpo. En su experiencia clínica, observó que una alimentación más variada, especialmente rica en fibra, suele asociarse a una mejor percepción de energía y bienestar en los pacientes.
La deficiencia de vitaminas del complejo B puede manifestarse con síntomas como cansancio, irritabilidad, dificultades cognitivas o alteraciones neurológicas. En particular, la vitamina B12 es fundamental, ya que su déficit puede provocar anemia, debilidad y fatiga.
Sin embargo, Azucena advirtió que sentirse cansado o con bajo ánimo no implica necesariamente una carencia vitamínica. Por eso, recomendó evitar la suplementación sin evaluación profesional, ya que los síntomas pueden tener múltiples causas.
Las vitaminas del complejo B se encuentran en una amplia variedad de alimentos, como carnes, huevos, pescados, lácteos, legumbres, cereales integrales, verduras de hoja verde, frutos secos y semillas. Para favorecer la salud de la microbiota aconsejó aumentar el consumo de fibra a través de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, además de incorporar alimentos fermentados como el yogur con cultivos vivos.


