Reconstruir el “yo” tras la pérdida de un ser querido

La psicóloga Lorena Armoa revisó las dinámicas del proceso de duelo, desmitifica las fases lineales tradicionales y detalló las bases científicas para integrar una ausencia estructural sin sucumbir al estancamiento clínico.

| Por La Tribuna
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El duelo hoy se define como un proceso dinámico en el que las emociones van y vienen. Foto: Película “Entre la vida y la muerte”.

La comprensión del duelo experimentó un giro conceptual en la psicología contemporánea. El clásico modelo de las cinco etapas de Kübler-Ross dejó de considerarse una secuencia rígida. Lorena Armoa explicó que hoy se define como un proceso dinámico en el que las emociones van y vienen, alejándose de una progresión recta. Este impacto, señaló, no se limita a una herida emocional, sino que constituye un evento neurobiológico y físico traumático donde el cuerpo y el cerebro entran en un estado de desbordamiento, supervivencia y reconfiguración profunda.

A esta complejidad biológica se le suma la presión social por una superación rápida. La cultura de la productividad exige una funcionalidad casi inmediata que interfiere agresivamente con la biología del dolor, cronificando el sufrimiento al intentar ocultarlo. Cuando la pérdida involucra a un cónyuge, se desencadena además la pérdida de la identidad relacional; es decir, el desmantelamiento del “nosotros” para volver forzosamente al “yo”. La profesional sostuvo que esta reconstrucción no se logra pensando de forma obsesiva, sino experimentando nuevas rutinas y aceptando la vulnerabilidad actual como cimiento de la fortaleza futura.

Para gestionar la ansiedad que genera el hogar vacío, la especialista destacó el uso de estrategias clínicas provenientes de la terapia cognitivo-conductual, la de aceptación y compromiso, y la ocupacional. Respecto a la culpa por volver a sentir alegría, conocida como “culpa de supervivencia”, Armoa puntualizó que el abordaje terapéutico no busca forzar el olvido, sino reconfigurar el significado de la lealtad y el amor.

Asimismo, la experta marcó diferencias según la naturaleza de la muerte. Mientras la pérdida repentina exige reparar el impacto de una explosión inesperada, la enfermedad prolongada requiere reconstruir un terreno erosionado durante años. La línea divisoria entre un duelo saludable y uno complicado o clínico, que requiere intervención urgente, no depende de la intensidad del dolor, sino de la funcionalidad, el estancamiento y el paso del tiempo: el duelo saludable se mueve y cambia; el complicado destruye la capacidad de vivir.

Ante los aniversarios y fechas significativas, Armoa recomendó aplicar un protocolo de autocuidado que funcione como blindaje para evitar que el sufrimiento desborde físicamente al doliente. En cuanto al acompañamiento del entorno, enfatizó la necesidad de erradicar frases hechas como “tienes que ser fuerte” o “el tiempo todo lo cura”, sustituyéndolas por la validación verbal o el silencio presencial, dado que un abrazo firme ayuda a regular el sistema nervioso.

La psicóloga concluyó que la transformación del dolor en resiliencia radica en la capacidad del cerebro para reubicar emocionalmente al fallecido. Las personas que logran integrarlo entienden que la relación no termina, sino que cambia de forma, transitando de la necesidad de presencia física a la adopción de una presencia interna. La resiliencia, afirmó, no es la ausencia de sufrimiento, sino la capacidad de expandir el mundo interno para albergar el dolor y la vida al mismo tiempo.

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