Durante la infancia, el cerebro tiene una gran capacidad de adaptación y registra las experiencias relacionadas con el afecto, la seguridad, el apego y también con las carencias o situaciones de estrés, destacó Noelia Castillo. Estos aprendizajes pueden construir ideas profundas sobre uno mismo y sobre los demás, como sentirse digno de amor, creer que el mundo es un lugar seguro o pensar que es necesario protegerse constantemente.
Al llegar a la adultez, según la profesional, algunas de esas experiencias pueden aparecer en forma de reacciones emocionales intensas, incluso cuando la situación actual no representa una amenaza similar. Una crítica, un rechazo o una dificultad cotidiana pueden despertar rabia, miedo, sensación de abandono o necesidad de alejarse, como si la respuesta emocional perteneciera a una experiencia mucho más antigua.
Frente a estas situaciones, el primer paso es reconocer lo que ocurre sin juzgarse. Validar una emoción no significa justificar cualquier conducta, sino reconocer que aquello que se siente existe y merece ser comprendido. Resaltó que también es importante diferenciar el presente del pasado y recordar que el adulto de hoy cuenta con recursos, conocimientos y posibilidades que el niño de entonces no tenía.
En ese sentido, mencionó que existen ejercicios que pueden complementar este trabajo, como escribir una carta desde el adulto actual hacia la propia versión infantil. En ella se puede reconocer el dolor vivido, valorar los recursos que permitieron superar aquella etapa y expresar un mensaje de protección desde la perspectiva que se tiene hoy.
Otra herramienta que se puede emplear consiste en observar una fotografía de la infancia cuando aparezcan sentimientos de culpa, vergüenza o una autocrítica excesiva. Preguntarse qué se le diría a ese niño si estuviera frente a nosotros puede ayudar a identificar la dureza con la que muchas veces una persona se trata a sí misma.
Aclaró que dar un cierre al niño que fuimos no significa abandonarlo ni negar lo que nos pasó, sino reconocer que esa etapa terminó y que ahora existe un adulto capaz de tomar decisiones diferentes. Sanar implica integrar esa parte de nuestra historia, comprender las necesidades que quedaron pendientes y construir una relación más segura y compasiva con uno mismo.
Para sanar al niño interior estos ejercicios pueden ser un complemento, pero no sustituyen un proceso terapéutico cuando existen dificultades que desbordan los recursos personales. En esos casos, el acompañamiento de un profesional de la salud mental puede ayudar a comprender las experiencias de la infancia y trabajar de manera adecuada las respuestas emocionales que todavía afectan la vida adulta.


