Este desgaste puede manifestarse a través de una baja autoestima, inseguridad e indecisión, además de una constante hipervigilancia emocional. La persona puede permanecer atenta a las reacciones de su pareja para anticipar nuevos conflictos, lo que también puede favorecer la aparición de ansiedad y síntomas depresivos.
Con el paso del tiempo, esta dinámica puede generar dependencia emocional y una sensación de pérdida de la propia identidad y autonomía. Las decisiones, necesidades y emociones de la persona pueden quedar cada vez más condicionadas por la relación y por el temor a que vuelva a producirse un conflicto.
Las disculpas y las promesas pueden mantener la expectativa de que la relación cambiará, pero cuando estas no están acompañadas por modificaciones reales en las conductas, el ciclo puede continuar. De esta manera, la relación puede sostenerse más en la esperanza de que exista un cambio que en transformaciones concretas.


