El chisme no es una emoción, sino una conducta, por lo que su significado depende de la función que cumple para cada persona. En algunos casos hablar sobre otras personas puede ayudar a integrarse a un grupo, compartir información, comentar situaciones que ocurrieron o incluso advertir sobre alguien que podría representar un problema. También puede servir como una forma de liberar tensiones al conversar con personas de confianza sobre situaciones que todos conocen.
No hay pruebas científicas que demuestren que participar en un chisme provoque ansiedad o problemas de salud mental. No obstante, aclaró que es crucial distinguir entre las observaciones inocuas y los rumores malintencionados. Estos últimos acarrean consecuencias negativas, dañan los lazos afectivos, propician hostilidades e incluso siembran remordimiento en el emisor debido a su afán de perjudicar al prójimo.
Para Melgarejo, el mayor riesgo aparece cuando una persona se convierte en el blanco de rumores o comentarios malintencionados, sobre todo si estos se difunden en redes sociales. Esa situación puede generar vergüenza, hacer que la persona se aleje de su entorno y afectar su bienestar emocional. Agregó que ese aislamiento también puede favorecer la aparición de ansiedad, síntomas depresivos y una sensación de no pertenecer a ningún grupo.
La psicóloga también aclaró que no existe un perfil específico de las personas que hacen chismes. Cada uno puede tener un motivo diferente, buscar aceptación, ganar un lugar dentro de un grupo, sentirse importante o creer que está protegiendo a los demás al contar determinada información.
Sostuvo que antes de hablar sobre otra persona conviene preguntarse cuál es la verdadera intención. Es importante pensar si esa información ayudará a alguien o si solo busca perjudicar, humillar o descargar frustraciones personales. Para la especialista, este ejercicio de reflexión permite comunicarse de una manera más consciente y cuidar las relaciones con los demás.


