El mito del envejecimiento por estrés y el impacto negativo de la discordia

La ciencia descarta que los entornos conflictivos aceleren el paso del tiempo en el organismo, aunque confirma un desgaste físico medible. La psicóloga María Celeste Vega analizó cómo la tensión sostenida frena la regeneración celular y advirtió sobre la agotadora carga que supone intentar evitar los roces cotidianos.

| Por La Tribuna
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La exposición prolongada al conflicto tiene consecuencias.

Convivir en un entorno dominado por interacciones hostiles genera una huella física y emocional indudable, aunque no de la manera en que suele creerse. La licenciada María Celeste Vega aclaró que la evidencia científica no respalda la idea de que los conflictos cotidianos aceleren el envejecimiento biológico de forma directa.

No obstante, la especialista precisó que las investigaciones sí confirman que el estrés crónico frena los mecanismos de recuperación celular e incrementa la respuesta inflamatoria del organismo.

La profesional explicó que el análisis clínico no debe centrarse en etiquetar a un individuo como una “persona conflictiva”, sino en evaluar la persistencia de los patrones de interacción a lo largo del tiempo. Asimismo, Vega señaló que el impacto biológico depende directamente de las herramientas del individuo y de sus posibilidades reales para tomar distancia del foco de tensión o apoyarse en redes externas.

En ese sentido, la psicóloga recordó que el estrés constituye un recurso natural defensivo que prioriza la supervivencia inmediata en detrimento de funciones biológicas clave como la digestión, la inmunidad y la reparación tisular. El inconveniente principal aparece cuando la amenaza no cesa, impidiendo que el cuerpo desconecte la señal de alerta y retome su proceso de restauración natural.

Entre las manifestaciones más habituales de esta sobrecarga sostenida, la experta mencionó insomnio, cefaleas, contracturas musculares persistentes, alteraciones gastrointestinales, fatiga crónica y fallas en la concentración.

Paralelamente, Vega destacó un aspecto poco visibilizado: el desgaste principal no deriva de la discusión abierta, sino del esfuerzo constante por prevenirla. Monitorear el estado de ánimo ajeno y medir cada palabra exige un consumo energético que termina por agotar las reservas emocionales de la persona.

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