El hambre emocional puede influir en la alimentación más de lo que imaginamos

La forma en que aprendemos a gestionar las emociones desde la infancia también puede influir en la relación con la comida. La nutricionista Ángela Leguizamón explica por qué es importante no utilizar los alimentos como premio o consuelo

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Gestionar las emociones sin recurrir a la comida es una habilidad que se aprende.

Muchas veces el deseo de comer responde a las emociones y no a una necesidad real. Ángela Leguizamón, profesional en nutrición, explicó que el “hambre física” provee la energía y los nutrientes que el cuerpo necesita para funcionar, mientras que el hambre emocional es estimulado por factores externos como el clima, la publicidad o el entorno social.

La especialista señaló que los alimentos dulces o grasosos consuelan en momentos de tristeza, estrés o ansiedad al liberar dopamina, vinculada al placer. Aun así, advirtió que depender siempre de la comida para aliviar emociones puede habituar al organismo y provocar problemas de salud emocional o psicológica.

Según Leguizamón, esta forma de relacionarse con los alimentos muchas veces comienza en la infancia. Explicó que, cuando un niño recibe comida cada vez que llora o está angustiado, aprende a asociar el alimento con el alivio de sus emociones. Ese patrón puede mantenerse durante la vida adulta e incluso repetirse de generación en generación.

Modificar este hábito requiere práctica y constancia. Entre las estrategias recomendadas para gestionar las emociones sin recurrir a la comida están hacer ejercicios de respiración, caminar, realizar actividad física, meditar, hablar con alguien de confianza o alejarse del entorno detonante.

También, la profesional enfatizó que no se debe usar la comida como premio o castigo en la crianza. Recompensar con dulces por comer verduras transmite el mensaje de que lo insano tiene más valor, por lo que sugirió enseñar a los niños los beneficios de los alimentos nutritivos.

Como alternativa, Leguizamón sugirió que las recompensas estén relacionadas con experiencias y no con comida. Ir al cine, compartir un paseo, dedicar más tiempo a una actividad que disfruten o ver un video pueden ser opciones que ayuden a fortalecer una relación más sana con la alimentación desde los primeros años de vida.

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