Teresita O’Hara recuerda que fue madre por primera vez a los 24 años, apenas un año después de haberse casado. Así nació Aramí, la mayor de sus cuatro hijos, quien hoy continúa el legado familiar dentro de la empresa gastronómica fundada por la abuela Rosa O’Hara de Benegas. Luego llegaron Joaquín, Juan José y María Fernanda; todos en un período de apenas seis años.
Criar a cuatro niños mientras trabajaba como docente de educación primaria no fue sencillo. Sus días comenzaban a las cinco de la mañana y terminaban cerca de la medianoche. Entre horarios estrictos, clases y responsabilidades familiares, aprendió a organizar cada minuto de su rutina. Recordó que sus hijos incluso la acompañaban al colegio en algunas etapas y que el apoyo permanente de su esposo Antonio fue fundamental para sostener aquella dinámica durante años.
La educación y la gastronomía marcaron gran parte de su vida. Creció rodeada de harinas y levaduras dentro de una familia trabajadora que elaboraba prepizzas para salir adelante. Aunque inicialmente eligió la docencia porque le apasionaba enseñar, más adelante decidió incorporarse por completo al proyecto gastronómico familiar y fusionar ambas pasiones y se convirtió en parte fundamental de la empresa familiar “O’Hara”, una escuela de gastronomía que este año cumple 55 años.
A los 35 años dio ese paso y continuó formándose académicamente hasta obtener una licenciatura en Ciencias de la Educación con énfasis en administración de centros educativos.
Sin embargo, una de las decisiones más profundas de su vida llegó hace dos décadas, cuando vio en televisión una convocatoria para familias acogedoras. La propuesta la conmovió y decidió conversar con su esposo sobre la posibilidad de recibir temporalmente a niños en situación de vulnerabilidad. Ambos aceptaron participar del proceso de evaluación y finalmente fueron habilitados.
El primer llamado llegó de manera urgente; un bebé de seis meses necesitaba un hogar porque, según le explicaron, “se estaba apagando”. Teresita recordó que el niño no sonreía, no lloraba y apenas reaccionaba. Durante semanas solo lograba dormir sobre su pecho mientras ella y su esposo se turnaban para sostenerlo durante las noches. Un mes después, aseguró, el cambio era total. El bebé comenzó a desarrollarse, recuperó vitalidad y empezó a responder al cariño y a los cuidados.
Desde entonces, 14 niños pasaron por su hogar, algunos permanecieron pocos meses y otros hasta dos años. Muchos llegaron tras atravesar situaciones extremas de abandono, violencia o negligencia. Aunque cada despedida dolió, Teresita explicó que siempre entendió el acogimiento como una misión temporal destinada a fortalecer a los niños antes de continuar sus vidas con sus familias biológicas o adoptivas.
Con emoción, reconoció que cada uno dejó una marca imborrable en su corazón. Aun así, sostuvo que nunca dudó del valor de abrirles las puertas de su casa. Consideró que el afecto cotidiano, los abrazos y el sentirse parte de una familia generan una diferencia enorme en el desarrollo de un niño.
En este Día de la Madre, Teresita O’Hara resume su experiencia entre la maternidad, la enseñanza y el servicio con una frase que acompaña toda su historia. Para ella, el amor y el cuidado siempre dejan huellas positivas, porque “el amor transforma vidas”.


