Sentir culpa al no asumir completamente el cuidado de los padres es una reacción común, especialmente en hijos responsables que mantienen un fuerte vínculo afectivo. Según Patricia Cardozo, psicóloga, esta emoción suele aparecer cuando existe amor, pero también límites personales que generan conflicto interno.
En este contexto, diferenciar entre una responsabilidad real y una autoimpuesta resulta fundamental. Cardozo indicó que el cuidado genuino se ejerce con amor, dedicación y sin resentimiento, mientras que cuando es una carga autoimpuesta suelen aparecer quejas, malestar, impaciencia e incluso maltrato.
Para evitar llegar a ese punto, es importante establecer límites a través del diálogo respetuoso, abordando la situación con delicadeza y claridad. Esto permite cuidar sin descuidarse, reduciendo la sensación de egoísmo.
Destacó que la historia familiar influye en cómo cada persona percibe su deber hacia los padres. Cuando existe una comprensión clara del rol filial, el cuidado suele sostenerse más allá de las experiencias vividas; de lo contrario, los antecedentes pueden condicionar positiva o negativamente esta responsabilidad.
En cuanto al bienestar personal, Cardozo subrayó la importancia de asumir el cuidado desde una perspectiva equilibrada, evitando verlo como una carga y entendiendo qué corresponde realmente al rol de hijo o hija. La disciplina emocional y la autoconciencia son claves en este proceso.
Entre las principales señales de sobrecarga emocional, mencionó la pérdida de paciencia, la irritabilidad constante, las quejas frecuentes y el reproche hacia los padres por las acciones realizadas.
La psicóloga sostuvo que construir un vínculo sano en la adultez implica actuar desde el amor y la empatía, más allá de la historia compartida. “Honrar a los padres es una bendición”, afirmó, destacando también la importancia de reflexionar sobre cómo cada persona quisiera ser tratada en el futuro.


