Desde una perspectiva psicológica, esta tendencia puede entenderse como una forma de afrontamiento evitativo, es decir, la persona recurre al pensamiento positivo constante como una estrategia para no conectar con emociones incómodas o situaciones difíciles y cree que solo a través de los pensamientos positivos puede lograrlo todo.
A nivel neuropsicológico, esto implica un predominio de procesos cognitivos que interpretan la realidad de forma tergiversada, activando circuitos asociados a la recompensa, como los sistemas dopaminérgicos, mientras se reprime la integración emocional completa que involucra estructuras como la amígdala y la corteza prefrontal.
En este sentido, no se trata de que la positividad sea negativa en sí misma, sino que se vuelve problemática cuando funciona como un mecanismo de evitación emocional. Una mentalidad positiva saludable se basa en el optimismo realista, que implica reconocer las dificultades, pero confiar en la capacidad de afrontarlas. En cambio, la creencia extrema tiende a negar lo negativo bajo la idea de que todo va a salir bien, sin considerar riesgos ni emociones reales.
La diferencia se observa en situaciones cotidianas, explicó Castillo. “Por ejemplo, una persona con un enfoque saludable puede reconocer que está nerviosa antes de una entrevista laboral, pero confiar en su preparación y en su capacidad para hacerlo bien. En cambio, una positividad extrema se expresa en la idea de que todo saldrá perfecto sin necesidad de preparación ni anticipación de dificultades”. La primera integra emoción, realidad y acción; la segunda niega aspectos centrales de la experiencia, subrayó.
El optimismo extremo puede impactar en la toma de decisiones, mientras que el optimismo realista mejora la planificación, la motivación y la persistencia, una visión rígida y excesivamente positiva, puede llevar a subestimar riesgos, actuar de manera impulsiva o no prepararse adecuadamente ante desafíos.
Otro aspecto relevante es la presión por sostener un estado emocional positivo constante, cuando una persona siente que debe estar bien todo el tiempo, se genera una disonancia interna, experimenta emociones que considera inadecuadas y, por lo tanto, intenta reprimirlas. Este esfuerzo sostenido de anestesiar lo emocional puede aumentar los niveles de estrés y, a largo plazo, derivar en fatiga emocional, sensación de vacío y dificultades para identificar las propias emociones.
El llamado “síndrome de la chica con suerte” pone en evidencia un límite claro: el pensamiento positivo puede ser una herramienta valiosa, pero solo cuando convive con una lectura realista de la situación, la validación emocional y la acción concreta. Fuera de ese equilibrio, la positividad deja de ser un recurso y puede convertirse en una trampa.


