Desde el punto de vista nutricional, estos productos fueron diseñados como un complemento. Su función es ayudar a cubrir requerimientos proteicos cuando no se logran a través de la dieta, ya sea por falta de tiempo, bajo apetito o altas demandas físicas. En ese sentido, pueden ser útiles para deportistas o personas con rutinas exigentes que necesitan favorecer la recuperación muscular.
El problema surge cuando la proteína en polvo pasa a ser la base de la alimentación. Acuña advirtió que consumirla de forma exclusiva resulta desequilibrada, ya que, aunque aporta aminoácidos esenciales, no contiene otros nutrientes necesarios para el organismo.
Los alimentos integrales, como carnes, pescados, huevos o legumbres, aportan además vitaminas, minerales, fibras y grasas saludables. La ausencia de estos componentes en la dieta puede afectar funciones clave como la digestión, el sistema inmunológico y el metabolismo.
A esto se suma que muchos productos contienen aditivos, edulcorantes o azúcares, lo que refuerza su carácter de suplemento y no de alimento completo. Su uso excesivo puede derivar en deficiencias nutricionales y en problemas digestivos como distensión abdominal o alteraciones intestinales.
La especialista también dijo que un consumo elevado sin supervisión puede generar una sobrecarga para órganos como el riñón o el hígado, especialmente si no se acompaña de hidratación adecuada y una alimentación equilibrada.
Frente a este escenario, recomendó priorizar siempre fuentes naturales de proteína. La proteína en polvo puede formar parte de un plan alimentario, pero su uso debe ser puntual y adaptado a cada caso.
El enfoque más adecuado, señaló, es sostener una alimentación variada y equilibrada, en la cual los suplementos acompañen, pero no reemplacen, a los alimentos reales.


