Sociedad

Crisis adulta: el impacto persistente de la carencia afectiva en la niñez

Aunque no siempre es visible, la falta de contención afectiva en la infancia puede marcar la forma de vincularse en la vida adulta. La psicóloga Daysy Velázquez explicó sus efectos y cómo se manifiestan con el tiempo.

| Por La Tribuna
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La independencia forzada a temprana edad puede dejar secuelas en la adultez.

El abandono emocional durante la niñez o la adolescencia es una experiencia silenciosa, pero con impacto duradero. La psicóloga Daysy Velázquez señaló que se trata de situaciones en las que el niño o adolescente debe “arreglarse solo”, no necesariamente por la ausencia física de sus cuidadores, sino por la falta de respuesta afectiva a sus necesidades.

Este tipo de vivencias genera inseguridad, miedo y una sensación persistente de soledad. La especialista explicó que, frente a este contexto, el niño desarrolla mecanismos de defensa para protegerse, aprendiendo que no puede depender de otros. Con el tiempo, esta adaptación se consolida como una forma de funcionamiento, una independencia que no nace de la seguridad, sino de la necesidad de sostenerse emocionalmente.

En la adultez, estas experiencias suelen reflejarse en dificultades para pedir ayuda o confiar en los demás. Velázquez indicó que muchas personas construyen creencias como que deben resolver todo por sí mismas o que buscar apoyo no tiene sentido, ya que en etapas tempranas no encontraron respuesta.

A esto se suma una autoexigencia elevada, la persona asume responsabilidades en exceso y evita mostrarse vulnerable, incluso cuando necesita apoyo. En muchos casos, aparece la sensación de ser una carga para los demás, lo que refuerza el aislamiento y limita la posibilidad de construir vínculos más abiertos.

Las consecuencias pueden manifestarse en ansiedad, dificultad para confiar, temor a la cercanía emocional y una autosuficiencia que, lejos de ser saludable, suele estar acompañada de un desgaste interno. En las relaciones, esto se traduce en vínculos en los cuales cuesta abrirse, se prioriza dar antes que recibir o se evita depender del otro.

Además, muchas de estas personas aprendieron a reprimir sus emociones para continuar. En la adultez, esto puede derivar en dificultades para identificar, expresar y gestionar lo que sienten, afectando tanto el bienestar personal como la calidad de sus relaciones.

Sin embargo, la especialista aclaró que estos patrones no son definitivos, con conciencia, trabajo personal y acompañamiento terapéutico es posible construir nuevas formas de vincularse, aprender a pedir ayuda y desarrollar una autonomía basada en la seguridad y no en la carencia.

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