El aumento en la esperanza de vida de los perros expone una condición poco visibilizada. El síndrome de disfunción cognitiva canina presenta similitudes con la demencia humana y su diagnóstico sigue siendo un desafío.
Un grupo internacional de expertos en cognición canina advierte que esta condición, comparable al Alzheimer en humanos, suele presentar síntomas progresivos y poco específicos. Además, los cambios estructurales en el cerebro aparecen en etapas avanzadas, lo que dificulta diferenciar entre el envejecimiento normal y el deterioro patológico.
El síndrome se manifiesta a través de cambios de comportamiento agrupados bajo el acrónimo DISHAA, que es una herramienta valiosa para identificar y evaluar la disfunción cognitiva en perros. Entre los signos más frecuentes se encuentran la desorientación, alteraciones en la interacción social, trastornos del sueño, pérdida de hábitos aprendidos, disminución o repetición excesiva de la actividad y aumento de la ansiedad.
Estos cambios pueden observarse, por ejemplo, en perros que dejan de reconocer a sus cuidadores, presentan inquietud nocturna, ensucian la casa pese a estar entrenados o reducen su interés por el juego. En otros casos, desarrollan conductas repetitivas sin un propósito claro.
La enfermedad se clasifica en niveles leve, moderado y grave. En la etapa inicial, los signos son sutiles y suelen atribuirse al paso del tiempo. En fases más avanzadas, los cambios interfieren con la vida diaria del animal y requieren ajustes en su cuidado. En los casos graves, el deterioro es evidente y el perro necesita asistencia para funciones básicas.
Los especialistas recomiendan prestar atención a estos signos a partir de los siete años y realizar controles veterinarios periódicos. El reconocimiento temprano resulta clave para mejorar la calidad de vida del animal y facilitar su manejo a largo plazo.


