Sociedad

La dictadura de la felicidad

Natalia Olmedo

| Por La Tribuna
La dictadura de la felicidad

Hay algo que nuestra época parece no tolerar: la tristeza. No la incomodidad pasajera ni el cansancio cotidiano, sino la tristeza profunda que acompaña a las pérdidas. Vivimos en una sociedad que exige optimismo permanente, donde la felicidad dejó de ser un estado posible para convertirse en una obligación. Estar bien ya no es una aspiración, es una exigencia social y quien no logra cumplirla queda rápidamente bajo sospecha.

Sigmund Freud explicó hace más de un siglo que el duelo no es una falla del individuo, sino un proceso psíquico inevitable. En su ensayo “Duelo y melancolía” sostuvo que perder a alguien implica un trabajo interior lento y doloroso. El mundo pierde sentido por un tiempo, la persona se retrae, se detiene, deja de responder al ritmo habitual de la vida. Ese repliegue no es patológico. Es parte del proceso de reorganizar la propia existencia después de la pérdida.

Sin embargo, el mundo actual parece no tener paciencia para ese tiempo. El filósofo Byung-Chul Han advierte que vivimos bajo una presión constante hacia la positividad. En un sistema capitalista y digital, el valor de una persona suele medirse por su capacidad de producir, consumir y permanecer activa. El duelo, por definición, rompe con esa lógica. Quien está de duelo no produce igual, no participa igual, no funciona igual. Se vuelve lento, vulnerable, improductivo y, en una cultura obsesionada con el rendimiento, eso resulta intolerable.

Por eso aparece una forma de presión que se disfraza de bienestar. Se habla de resiliencia como la capacidad de levantarse rápido, de volver a sonreír, de seguir adelante sin detenerse demasiado. Pero para Han esa resiliencia acelerada no necesariamente es salud, ya que muchas veces es autoexplotación emocional. Obligarse a estar bien puede convertirse en una forma de violencia contra uno mismo.

En este clima cultural, la tristeza empieza a verse como una especie de error. Si alguien se siente mal durante demasiado tiempo, inmediatamente aparecen recetas para “arreglarlo”. Meditación, motivación, productividad emocional. Como si el dolor fuera un desperfecto que debe corregirse para que la persona vuelva a funcionar dentro del sistema. La consecuencia es profunda. Al intentar eliminar el dolor, también eliminamos la profundidad de la experiencia humana.

Han sostiene que el dolor es el que da contorno a la existencia. Sin la capacidad de atravesar la negatividad, la pérdida, el vacío, la ausencia, la vida se vuelve plana. Una sucesión de estímulos agradables, pero superficiales. Sin embargo, nuestra época insiste en expulsar todo lo que incomoda. La tristeza molesta porque interrumpe el flujo de productividad, porque desacelera, porque obliga a mirar hacia adentro.

Tal vez por eso también desaparecieron los ritos de duelo que antes protegían a quienes atravesaban una pérdida. Durante mucho tiempo existieron tiempos marcados, vestimentas, ceremonias y silencios compartidos. La sociedad reconocía que alguien estaba en duelo y aceptaba que esa persona necesitaba retirarse momentáneamente del ritmo común. Hoy ese marco se diluye. El duelo se vuelve un asunto privado que debe resolverse rápido y sin incomodar demasiado.

Pero perder a alguien importante nunca fue un proceso rápido. El dolor tiene su propio ritmo, muchas veces lento y contradictorio. Tal vez el verdadero gesto de resistencia en esta época no sea mostrarse siempre fuerte, sino permitirse estar triste cuando la vida lo exige. Porque en medio de esta dictadura silenciosa de la felicidad, defender el derecho a la tristeza también es defender nuestra humanidad.

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