Sociedad

¿Nos enamoramos de la persona o de cómo nos hace sentir deseados?

Desear a alguien no es lo mismo que disfrutar ser deseado, esa diferencia, muchas veces imperceptible, marca el rumbo de una relación. El psicólogo A…

| Por La Tribuna
Desear implica tensión y movimiento hacia el otro.

Desear a alguien no es lo mismo que disfrutar ser deseado, esa diferencia, muchas veces imperceptible, marca el rumbo de una relación. El psicólogo Ariel Cueto analizó cómo la validación externa, la autoestima y la cultura actual influyen en la manera en que construimos nuestros vínculos.

Buscar y ser buscado no generan la misma experiencia emocional, tampoco resulta equivalente sentir atracción genuina que experimentar intensidad cuando el otro nos mira, nos elige o nos halaga. En ese matiz se configuran dinámicas afectivas que pueden fortalecer un lazo o volverlo frágil.

El psicólogo Ariel Cueto explicó que desear implica tensión y movimiento hacia el otro. Es una búsqueda de atención que, en el fondo, también apunta a la aprobación. En cambio, cuando el placer surge de saberse elegido, la vivencia es distinta, se trata de verse reflejado en la mirada ajena. Ese reflejo confirma identidad y valor personal.

“Sentirnos deseados o amados nos moviliza y nos da la sensación de ‘sí, existo’”, sostuvo el profesional. Allí radica la diferencia central, mientras el deseo propio impulsa hacia afuera, la experiencia de ser deseado se vive como recepción y confirmación interna.

La necesidad de validación es humana, el conflicto aparece cuando esa confirmación se confunde con enamoramiento. Ser reconocidos o idealizados activa una sensación placentera que puede interpretarse como amor, aunque muchas veces responde a la satisfacción de sentirse vistos.

El riesgo aumenta cuando la chispa depende exclusivamente de la atención recibida. Si el interés crece solo ante la búsqueda o el halago, el vínculo tiende a volverse unilateral. Con el tiempo, esa dinámica genera frustración tanto en quien da como en quien espera.

En estos casos, la ausencia del halago se convierte en termómetro. Cueto propone una pregunta clave: “¿cómo es mi reacción ante la ausencia del halago?”. Si la pérdida de atención genera ansiedad o reclamos constantes, probablemente el vínculo esté sostenido más por la necesidad de validación que por el interés genuino en la persona.

La autoestima juega un papel determinante, cuando la valoración personal es frágil, el deseo ajeno puede convertirse en sostén identitario. En ese escenario, la relación corre el riesgo de volverse dependiente, ya que el reconocimiento externo ocupa el centro emocional.

La atención intermitente también produce desgaste, momentos intensos seguidos de distancia generan expectativa, pequeñas frustraciones acumuladas y, finalmente, cansancio. El vínculo se convierte en un ciclo de idas y vueltas donde el reconocimiento funciona como recompensa.

La cultura digital potencia esta lógica, en un contexto donde los “me gusta” y seguidores operan como indicadores de valor social, la aprobación se vuelve constante. Cueto advirtió que las redes sociales se transforman en una vidriera de validación permanente, reforzando la idea de que el valor personal depende de la mirada externa.

El interés genuino, en cambio, se reconoce cuando el vínculo logra sostenerse más allá de la idealización inicial. No depende exclusivamente del halago ni de la intensidad del comienzo. Implica aceptar imperfecciones, atravesar conflictos y reconocer al otro como sujeto independiente.

Desear y disfrutar ser deseado son experiencias distintas. Cuando la relación se basa únicamente en el reflejo que devuelve el otro, se vuelve frágil. Cuando la atracción trasciende el halago y persiste incluso en la incomodidad deja de ser validación y comienza a convertirse en un encuentro auténtico.

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