Cuando se les pregunta qué es el amor no responden de inmediato, primero respiran.
“Lo que tengo son recuerdos”, dice Justo Pastor (85), y en su voz se instala una mezcla de nostalgia y gratitud. Se enamoró en los años 70, cuando estudiaba en Uruguay. Se casó, tuvo tres hijos y vivió “varios años” de matrimonio.
Ante la pregunta de lo que significa el amor, no duda: “Es una alegría, es una conquista. Me hacía sentir bien estar enamorado. El haber amado ya es una fortuna”. Cree que los tiempos cambiaron, que hoy “termina más rápido”, pero está convencido de que el sentimiento es el mismo. “Vale la pena. Yo fui feliz”, resume sobre su matrimonio. Y a los jóvenes les deja un consejo simple, casi austero: “Lean y estudien. En el amor, cada uno tiene su forma de ser”.
Damián Maldonado (81) también construyó una vida en pareja durante años. Padre de cuatro hijos, habla con mesura, pero deja un mensaje claro para las nuevas generaciones: “los jóvenes deben aprender a amar desde el respeto, valorar a la persona que tienen al lado y no vivir como si el tiempo fuera infinito”. Recomendó aprovechar cada día junto a quien se ama, porque nada está garantizado. Para él, “el amor es algo grande, amar es cuidar mientras se puede”, y no se trata solo de sentir, sino de permanecer.
La historia de Julia Rosa Portillo Mesa (79) atraviesa el corazón. Se enamoró a primera vista de un hombre respetuoso y amable. Los primeros meses de matrimonio fueron plenos, pero una enfermedad cambió el rumbo. Durante 22 años lo cuidó sin reproches, trabajando mañana, tarde y noche. “Mucho amor y cuidado, la fidelidad del amor no depende de la comodidad”, repite. Nunca lo abandonó. “Hay mujeres que dejan cuando ya no sirve más. Yo no, me quedé y valió la pena todos los días, incluso ahora que ya no está, pero sé que me espera”, dice con una mezcla de firmeza y ternura.
Perdió a su esposo a los 42 años. No volvió a enamorarse. “El amor soporta todo”, sostiene. En su relato, amar no fue una promesa efímera, sino una decisión renovada cada día, incluso en la adversidad. La fe la sostuvo cuando el dolor parecía imposible de sobrellevar. Su historia demuestra que amar también es quedarse cuando todo se vuelve difícil.
Emilio Amarilla (81) se enamoró tres veces. La primera, a los 17 años, y también conoció la decepción. Sin embargo, no perdió la fe en el sentimiento. “Toda la vida hay que amar hasta partir a la otra patria”, asegura. Para él, el amor “no tiene edad, no tiene distancia. Cuando golpea la puerta, hay que abrirle”. Está casado hace más de 20 años, si bien hoy viven separados por cuestiones de la vida y con el amor intacto, sostiene que el secreto es dedicarse al trabajo y a la mujer amada. Cree que hoy hay más libertad, pero que el amor continúa siendo el pilar fundamental para vivir. A los jóvenes les pide respeto, alegría y confianza. “Tener esa confianza plena en la persona querida es la clave para la felicidad”, agregó.
Hablar de amor en la vejez implica hacerlo desde la memoria y, muchas veces, desde la ausencia. Varios de los residentes atravesaron pérdidas, separaciones o etapas de soledad que dejaron huella. Aun así, ninguno descalifica el amor ni lo reduce a un recuerdo doloroso. Por el contrario, lo reconocen como la experiencia que marcó sus vidas y les dio identidad. Sus palabras no nacen del reproche, sino de la serenidad de quien sabe que haber amado ya es, en sí mismo, un privilegio.
En La Piedad, el 14 de febrero adquiere un sentido distinto. No se trata de una celebración superficial, sino de una pausa para honrar lo vivido. Para ellos, el amor no se define por la euforia del comienzo, sino por la lealtad en la enfermedad, la paciencia en la dificultad y la compañía sostenida en el tiempo. Entre fotografías guardadas y recuerdos compartidos, el amor conserva su valor esencial. Y, aunque muchos compañeros de vida ya partieron, permanece la convicción íntima de que los vínculos verdaderos no se extinguen con la ausencia.


