Buscando cumplir con las implacables exigencias estéticas del mundo del espectáculo, la actriz y vedette mexicana Lyn May atravesó una dura experiencia en su juventud. Una mujer le ofreció un procedimiento que prometía embellecerla con colágeno; sin embargo, le administraron aceite de cocina en el rostro.
Con el paso del tiempo, el cuerpo reaccionó ante la sustancia extraña, su cara comenzó a inflamarse y aparecieron bultos duros debajo de la piel. Los intentos por remover los estragos le dejaron cicatrices profundas, lo que la llevó a pasar años en una búsqueda incansable de médicos que pudieran socorrerla. La deformación progresiva afectó severamente su autoestima y su salud mental, al punto de que la artista confesó que llegó a considerar el suicidio ante el dolor y la desesperación.
Tras un largo período de sufrimiento, la intérprete encontró a un cirujano plástico que la ayudó a retirar gradualmente los depósitos de aceite y a reconstruir sus facciones. Su drama personal dejó al descubierto las secuelas irreversibles que provocan los procedimientos estéticos realizados sin rigor científico o con insumos no aptos para el organismo humano.
Años después, Lyn May decidió romper el silencio, hablar públicamente sobre la tragedia y reconocer el calvario que atravesó durante décadas. Su testimonio abrió un debate urgente sobre las trampas del mandato estético y los riesgos de recurrir a soluciones mágicas ofrecidas por intrusos de la medicina. La vedette recordó aquel episodio como la etapa más oscura de su vida, una cicatriz que la marcó para siempre, pero que también transformó su figura en un símbolo de advertencia sobre los límites de la vanidad.


