Según explicó la psicóloga Magalí Jure Wolf, una ruptura implica “romper algo”, y en ese proceso nada vuelve a ser igual. No solo se deja atrás a la pareja, sino también las distintas versiones de uno mismo, es decir, quién se era antes, durante y en quién se convirtió a lo largo de la relación.
La especialista señaló que es común que este momento sea interpretado como un fracaso personal o como una pérdida de tiempo. Sin embargo, aclaró que lo que se rompe va mucho más allá del vínculo en sí, pues también se ven afectadas estructuras internas, creencias y la idea de futuro construido con esa persona. A esto se suma una sensación particular, aunque el otro ya no forma parte de la vida cotidiana, sigue existiendo en otro espacio, lo que puede dificultar aún más el proceso de adaptación.
La ruptura es como atravesar un duelo. Durante este proceso, las personas suelen hacer una revisión de la historia compartida, evaluando lo vivido desde distintas emociones como el dolor, la rabia o la desilusión. También pueden aparecer sentimientos como la culpa y el enojo. Jure Wolf explicó que no todas las personas atraviesan este duelo de la misma manera, ni en el mismo orden, tiempo o intensidad, pero que todos pasan por estas etapas hasta llegar a la asimilación y aceptación, que permiten un “reinicio”.
Ese reinicio implica dar pasos por primera vez desde una nueva versión personal. Frente a lo desconocido, es natural que el miedo o la ansiedad estén presentes, especialmente vinculados a nuevas experiencias afectivas. Estas emociones suelen llevar a actuar con mayor precaución o desconfianza, como una forma de barrera de protección ante lo vivido.
Para la especialista, existen dos factores clave que ayudan a sobrellevar una ruptura y a abrirse nuevamente a una relación: la madurez y la inteligencia emocional. Estas permiten comprender el verdadero impacto que tuvo tanto la llegada como el final de esa persona en la vida propia, así como reflexionar sobre la historia desde una conexión afectiva, respetuosa y empática con las propias emociones.
En este sentido, destacó la importancia de no evitar lo que se siente, sino de poder expresarlo. Hablar de las emociones no solo ayuda a procesarlas, sino que también tiene efectos en el cuerpo, relaja el sistema nervioso y muscular, lo que favorece un mejor descanso, una alimentación más saludable y una mayor claridad al momento de tomar decisiones.
Además, este proceso promueve el desarrollo del autocuidado y el fortalecimiento de la autoestima. Permitirse sentir y expresar lo vivido favorece una relación más amorosa con uno mismo, que se refleja tanto en la aceptación del propio cuerpo como en la atención a pequeños hábitos que contribuyen al bienestar y a una realización personal significativa.
La psicóloga recomendó que, en aquellos casos en los que la ruptura haya sido especialmente dolorosa o incluso traumática o si la relación en sí lo fue, es importante recurrir a apoyo psicológico. El acompañamiento profesional permite abordar distintas áreas de la persona y brindar herramientas concretas para mejorar su desenvolvimiento y su calidad de vida.








