Cuentan que para declarar santa a una persona, la Iglesia Católica exige virtudes extraordinarias y milagros comprobados. Una burocracia celestial que, aplicada al Paraguay, provocaría un problema bíblico. Candidatos nos sobran; lo difícil sería certificarles alguna virtud.
Este domingo, Día de Todos los Santos, podríamos proponer al Vaticano algunas especialidades nacionales. No vaya a ser que el mundo desconozca nuestros prodigios por exceso de modestia.
Tenemos funcionarios capaces de cobrar sin ir a trabajar. La bilocación de los santos tradicionales queda pequeña: aquellos aparecían en dos lugares al mismo tiempo; nuestros elegidos cobran sin aparecer en ninguno.
También hay políticos que resucitan después de cada escándalo. Los dan por muertos, les organizan el funeral electoral y redactan sus obituarios. Tres meses después reaparecen sonrientes, encabezando una lista y prometiendo renovar la política.
La multiplicación de los panes tiene su versión criolla. Algunos multiplican asesorías, direcciones y cargos de confianza hasta que toda la parentela participa del banquete presupuestario. Un milagro económico que desconcierta a los contribuyentes.
Nuestros expertos en justicia consiguen detener el tiempo dentro de un expediente. Avanzan los calendarios, envejecen los testigos y se acumula el polvo, pero ciertos procesos siguen milagrosamente jóvenes. La eternidad no empieza después de la muerte: comienza con una recusación bien presentada.
La oposición tampoco se queda atrás. Sus devotos detectan inmoralidades a kilómetros, siempre que el responsable sea del Gobierno. Si el protagonista es un compañero, el asunto exige prudencia y un profundo análisis jurídico.
No faltan los profetas. Antes anunciaban plagas y castigos divinos. Ahora tienen micrófonos y cuentas verificadas. Predicen el derrumbe de la República cada lunes y, si el apocalipsis no llega, lo reprograman para el jueves. Nunca permiten que la realidad interrumpa una buena catástrofe.
Pero sería injusto reservar los altares para los dirigentes. El ciudadano también tiene méritos: reclama honestidad mientras busca un contacto que agilice su trámite; exige igualdad ante la ley hasta que recibe una multa; maldice el acomodo ajeno, pero bendice el propio.
Quizás por eso nuestras canonizaciones serían multitudinarias. Toleramos con fervor los defectos que nos convienen. Confundimos la picardía con inteligencia, la impunidad con habilidad y la resignación con paciencia. Y celebramos como milagros lo que debería darnos vergüenza.
Este domingo podríamos revisar nuestro cielo nacional. Sospecho que el Vaticano rechazaría el expediente por falta de méritos. No importa: acá estamos acostumbrados a nombrar autoridades sin revisar demasiado los antecedentes.
Además, nuestros santos no necesitan llegar al cielo. Hace rato que viven como dioses.
Amén.


