Luz, cámara, acción.. del rojo al verde

Por Mariano Nin

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Un día, una calle, una historia. Mirar a nuestro alrededor nos abre a un mundo que generalmente no vemos, pero que allí está. Se mueve, cambia, se transforma. A veces pensamos que ya nada puede sorprendernos, pero de pronto ocurre algo que cambia nuestra perspectiva de las cosas.

En mi vida, vi mil maneras de ganarse la vida en un semáforo: desde vender poemas y alfileres, a malabares con pelotas, botellas o andando en bicicleta. Los semáforos son un mundo, donde la pobreza, el chantaje y el arte conviven codeándose por unas monedas cada vez más escasas y escurridizas.

En un veloz cambio de luces, miles de personas luchan día a día. Todo está cronometrado. Todo está calculado. Unos segundos eternos que nos regalan desde frutas a nervios y alguna que otra alterada discusión.

Se repite, se copia, se multiplica a medida que la crisis afecta a las personas. Va de calle en calle, de día en día, como una gigantesca industria que crece del rojo al verde. Lo vi desde el auto.

Fue tan rápido como sorprendente. Ató un lado de una cuerda a un árbol del paseo central, corrió al otro lado de la calle y ató el otro lado al poste del semáforo. No entendí lo que hacía hasta que casi sin darme cuenta el chico se equilibraba con unas pelotas caminando de un lado a otro de la cuerda.

Flotaba en el aire, saltaba, se reía. No sé cuánto duró. Me pareció una eternidad. Era de tardecita, cuando la sombra comienza a cubrir poco a poco la ciudad.

Fue un espectáculo digno de un gran circo. Un artista de la vida. Una obra maestra que me dejó tan sorprendido como feliz, ¿feliz? Sí creo que esa fue la sensación que me hizo sentir ese efímero espectáculo.

Desató un lado de la cuerda y corrió entre los autos reclamando una paga por su arte. Me pareció equitativo, digno. Justo. El entretenimiento es la recompensa justa a un día agotador, marca la diferencia entre el embrollo de nervios y las ganas de llegar a casa.

Continué el viaje. Iba repitiendo la imagen en mis pensamientos y sonriendo hasta llegar. Fue mágico. Mañana será otro día, quizás vuelva a pasar por el mismo lugar y la escena se repita, o quizás no. Puede que mañana esté en otro semáforo, en otra esquina, buscando nuevos espectadores para su pequeño circo. Lo cierto es que, por unos segundos, consiguió algo que no siempre resulta fácil: que desconocidos, encerrados en sus autos y apurados por llegar a destino levantaran la mirada y se llevaran una sonrisa.

Me quedé pensando en eso. En cómo a veces buscamos grandes espectáculos, grandes escenarios y grandes acontecimientos, cuando la vida nos sorprende en los lugares más inesperados. Allí, entre bocinas, motores y cambios de luces, alguien había conseguido transformar una esquina cualquiera en un momento extraordinario.

Tal vez esa sea una de las tantas maneras que tiene la vida de recordarnos que siempre hay algo nuevo por descubrir, incluso en los lugares por los que pasamos todos los días sin prestar demasiada atención. La vida misma se va renovando… así, como un fugaz y cotidiano cambio de luces.

Pero esa es otra historia.

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