La perinola colorada

Por Christian Torres

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La perinola colorada.

Como en la perinola: ¿todos ganan o todos pierden? Con la rebelión de Alliana, me temo que lo segundo. Ojalá me equivoque. En medio de tantas declaraciones de lealtad, apoyos y explicaciones, sigo sin entender del todo qué ocurrió. ¿El vicepresidente se puso chinchudo porque le tocaron su candidatura? ¿Había detrás un proyecto hegemónico que decidió mostrar los dientes? ¿Se calcularon las consecuencias o cada uno avanzó convencido de que el otro terminaría aflojando?

La reacción del viejo león colorado era previsible. Entonces, ¿por qué llegar hasta acá? Algo se nos escapa a quienes miramos desde afuera. Mi preocupación principal, sin embargo, pasa por otro lado: que todo esto no termine perjudicando al de por sí ya trabajoso gobierno de Santi.

Los dirigentes ya encontrarán cómo acomodarse. Habrá conversaciones, abrazos, fotografías y explicaciones para justificar lo que ayer parecía imposible. El problema es cuánto puede romperse mientras pelean los elefantes.

El Gobierno necesita conservar su aplanadora buena en el Congreso: esa mayoría que permite sacar adelante las iniciativas que el país necesita. Habrá que conversar aquí, convencer allá, recomponer lealtades que parecían firmes. Y mientras se cuentan los votos, corren los días. Gobernar ya es difícil como para agregarle una carrera de obstáculos fabricada en casa.

La pelea también puede bajar a los ministerios y a las instituciones. Funcionarios pendientes de quién los puso, de quién los sostiene y de qué sector saldrá fortalecido. Autoridades que midan una decisión por su efecto en la interna. Energía gastada en defender espacios cuando hace falta resolver problemas. Son riesgos, desde luego.

El Partido Colorado, turbulento por naturaleza y paquidérmico en sus movimientos, tiene liderazgos antiguos, otros emergentes y demasiadas aspiraciones bajo el mismo techo. Ordenar todo eso exige conducción, paciencia y carisma. Eso, hasta ahora estaba a cargo de HC. Pero si cada cual decide prender su propia fogata, después nadie debería sorprenderse por el incendio. El tamaño del partido ayuda a ganar elecciones, pero también puede multiplicar los daños en una disputa mal administrada.

Afuera hay quienes observan con entusiasmo. La oposición viene de celebrar la victoria de Soledad Núñez en Asunción y ya ensaya acercamientos entre sus dirigentes. Pero una pelea en el partido grande puede darle nuevos argumentos, ánimo y oportunidades. El oficialismo debería saber que sus adversarios también participan de esta perinola, aunque no estén sentados a la mesa.

Por eso, al coloradismo y al propio proyecto de Santi y Alliana, si existe, les conviene que este gobierno termine bien. Necesitan resultados que defender, problemas resueltos y una ciudadanía que encuentre razones para volver a confiar. Ninguna candidatura se sostiene indefinidamente sobre las promesas de lo que hará después quien hoy ya tiene responsabilidades.

Que bajen, entonces, los decibeles y suba la responsabilidad. Hay demasiado en juego como para enfurruñarse y patear al tablero… Si dejan que el Gobierno pague los platos rotos, después … vendrán el llanto y el rechinar de dientes, como dice la Escritura.

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